Alargamiento de pene

Como ya he podido cumplir con mis obligaciones tributarias (bueno, en parte), os enlazo con lo último de Pablo Molina. Entre tanta pagamenta, que decía mi abuela, todavía queda tiempo para pasar un buen rato leyendo esto:

Estimado Sr. Bauer:

Llevo varios días recibiendo en mi correo electrónico su oferta de lanzamiento para alargar mi pene por un precio módico, detalle que le agradezco porque, como no nos conocemos personalmente, estoy seguro de que lo hace sin segundas intenciones. No obstante, he de decirle que, gracias a Dios, soy español y, en consecuencia, no necesito de sus servicios.

Mi pene y yo, querido Conrad, mantenemos una relación muy cordial desde que, hace varias décadas, descubrí que tenía otra utilidad, además de la puramente fisiológica. Quiero decir que, grande, pequeño o mediopensionista, le he cogido tanto cariño al canalla que no podría hacerle la afrenta de cambiar su aspecto entrañable.

Por otra parte, debería usted saber que, más que su diámetro o longitud, lo que interesa de esa querida parte de la anatomía masculina es que ofrezca un adecuado rendimiento, y los españoles, amigo Bauer, somos la reserva testosterónica de Occidente, por lo que le recomiendo dirija sus campañas un poco más al norte, digamos a Francia, donde seguramente sus servicios serán recibidos con mayor interés.

No voy a poner en duda sus métodos revolucionarios para hermosear la cacharra ajena, aunque, sin ser un experto en urología, me resulta dudoso que, con sólo colgarse un tensor ridículo en semejante parte durante un par de semanas, el interesado vaya a convertirse en el nuevo Nacho Vidal. Eso por no mencionar la incomodidad que debe de suponer llevar el artilugio instalado en semejante zona las veinticuatro horas del día.

Hay trabajos desagradables, Mr. Bauer, pero dedicarse a estirar la chorrica del prójimo me parece especialmente sufrido. Créame que lamento que tenga que ganarse la vida de esa manera, pero mi pene y yo nos queremos tanto que jamás nos haríamos daño el uno al otro. Así que, por favor, deje de una puñetera vez de inundar mi correo con sus ofertas, porque nuestra decisión es inapelable.

Atentamente, mi pene y yo.

El artículo entero, aquí.

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