Election Day 2016

Unas horas antes de que empezaran a cerrar oficialmente las votaciones en los estados más orientales de Estados Unidos me aventuré a pronosticar un resultado y colgarlo en mi página de Facebook. Tras leer a los más sesudos analistas de aquí y de allí, repasarme la distribución de los Estados (incluidas sus respectivas y desconocidas capitales) y analizar de arriba a abajo el peculiar sistema electoral americano, llegué a la conclusión de que el candidato del partido republicano Donald Trump sería incapaz de llegar a los conocidos 270 votos necesarios del colegio electoral que te lleva directamente a ocupar el sillón del despacho oval de la Casa Blanca, pese a que fuera el color rojo el que predominara en el mapa electoral. Y no contento con anunciar que la victoria sería claramente para la candidata del partido demócrata Hillary Clinton hice una distribución del resultado Estado por Estado. Así de coqueto quedó mi pronóstico:

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322 para Clinton y 216 para Trump, ni más ni menos. Sin embargo, y aunque parezca lo contrario, no iba tan desencaminado: los Estados que hicieron que mi pronóstico no fuera del todo acertado fueron 6 de 50. A saber: Florida, Wisconsin, Michigan, Pennsylvania, West Virginia y Nevada.

Mis dudas antes de lanzarme a la piscina se centraron en Florida y West Virginia. En Florida porque pensaba que el voto latino, tal y como nos habían mal vendido, haría que la balanza se inclinara al final por Hillary: en el recuento a eso de las 03 de la madrugada, cuando refrescaba la página de la CNN, comprobé como con 8 millones de votos escrutados reflejaba una diferencia de ¡28 votos entre uno y otro! En West Virginia porque, pese que ha votado por los candidatos presidenciales republicanos en cada una de las últimas cuatro elecciones generales, confiaba en que la barrera atlántica de contención demócrata inundara Virginia del Oeste (un pálpito que obvió el rechazo que Hillary Clinton producía en este enclave desde el principio por realizar comentarios que fueron percibidos como una afrenta a la importante industria que allí radica).

El resultado en los Estados de los Grandes Lagos, Wisconsin y Michigan, fue la auténtica sorpresa para casi todos los medios de comunicación, para sociólogos con carnet, politólogos melifluos y todos aquellos que practican la llamada ciencia de la demoscopia; al igual que en Pennsylvania, donde los votos demócratas en las ciudades más importantes, como Filadelfia o Pittsburg, no fueron suficientes para contrarrestar el voto a favor de Trump en el resto del Estado. En el Oeste sólo me colé en Nevada, el único estado que puse en rojo y que luego se fue a parar a manos demócratas.

Total que el resultado final a falta de un puñado de votos que pueden cambiar el color definitivo de algún Estado es éste (lo más probable es que Hillary se vaya a 232 y Trump a 306 al final del escrutinio).

 

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Dios bendiga Iowa

ciudadanos-frontPILAR RODRÍGUEZ LOSANTOS Si es usted un apasionado de las series de televisión estadounidenses que mezclan política, pasión, comedia y drama y (por alguna maldición del destino) no está enganchado ya, debería ver con carácter urgente The Good Wife.

El argumento de la trama de esta serie de televisión de la Fox es complejo a la par que realista. Trata la historia de una abogada de Chicago cuyo marido se reinventa tras ir a la cárcel, consiguiendo ser Fiscal del Estado, posteriormente Gobernador de Illinois y, en esta temporada, candidato a las primarias demócratas a la presidencia de EE UU. Más allá de la constatación de que el ´sueño americano´ de reinventarse tras la derrota es posible, la serie muestra con una impresionante exactitud la situación jurídica y política del país. Como ya decía, la realidad que se expone en los capítulos es tal que llega al punto de mezclar a los personajes ficticios de la serie con personas reales en situaciones reales. La última genialidad del show ha sido hacer competir a Peter Florrick (marido de la protagonista, Alicia Florrick) contra Hillary Clinton y Bernie Sanders por alzarse con el ansiado puesto de candidato demócrata a la presidencia de EE UU.

Hace apenas dos semanas (permítanme alertar que estoy a punto de hacerles un gran spoiler), se emitió un capítulo en el que se producían las elecciones primarias en el Estado de Iowa. Como sabrán, los estadounidenses deciden a los candidatos de cada partido de manera totalmente democrática, ya sea en la versión griega/asamblearia o en otra representativa en relación al lugar donde nos encontremos, por lo que este Estado, el primero de todos, marca el pistoletazo de salida para recabar apoyos por todo el país. En el capítulo mencionado, además de mostrar la curiosa manera de organizar la contienda electoral en el caucus, se arrojó un resultado inesperado en el curso de la serie: Peter Florrick obtuvo tan sólo un 4% de los votos y, por tanto, tuvo que abandonar, ya en el primer Estado, la carrera presidencial.

Este hecho, además de dar un vuelco a la trama del show y provocar un par de infartos entre sus seguidores, nos mostró dos enseñanzas clave del proceso americano. En primer lugar que, pese a lo que digan las encuestas (en caso de la serie el protagonista iba en cabeza), la única forma de tomarle el pulso a la ciudadanía es en la propia votación. En segundo lugar, que Iowa es un Estado clave para la elección del candidato, pero de la manera opuesta a la que tradicionalmente estamos acostumbrados: en este territorio, paradójicamente, lo importante no es ganar, sino sorprender y, sobretodo, no perder.

Con la decepción de la derrota del ficticio Gobernador Florrick y las enseñanzas que se desprendían de su experiencia, el pasado lunes nos enfrentamos a las elecciones primarias reales para elegir a los dos candidatos del bipartidismo americano. En líneas generales, nos encontrábamos con dos escenarios. Por el lado demócrata, una ligera ventaja de la eterna aspirante Hillary Clinton respecto al socialista Sanders. Por parte de los republicanos, un escenario inédito: el todopoderoso Trump a la cabeza, seguido del ultraconservador Cruz, el outsider Carson y una retahíla de candidatos del establishment sin apenas opciones de sobresalir, entre la que destaca el hispano senador por Florida Marco Rubio.

Tras unas semanas de infarto para los cabeza de lista de ambas formaciones, con escándalos resurgidos (como el de los e-mails de Clinton) y debates escapados (como el último de Trump), llegó el día D y, como era de esperar, no defraudó el desconcierto de sus resultados. En bruto, la clasificación demócrata se saldó con un empate entre Clinton y Sanders, mientras que en la republicana ganó Cruz, seguido de Trump, Rubio y Carson. Teniendo en cuenta, sin embargo, la particularidad de este caucus y su influencia en el resto de la contienda, los vencedores y vencidos no son los aparentes.

En primer lugar, Hillary Clinton debería replantearse seriamente qué le sucede a su campaña cuando, siendo la candidata más y mejor preparada, con unas ideas sensatas y populares, es incapaz de ganar a un aspirante con una ideología que, a priori, cuenta con tan pocos adeptos en EE UU. Pese a que el resultado haya sido un empate técnico y aún quede mucho partido por jugar, la exsenadora no puede permitirse dejar escapar más derrotas en Estados dudosos como Iowa, sobre todo teniendo en cuenta que Sanders tiene asegurados los delegados en otros como New Hamphsire.

Por parte de los republicanos, paradójicamente en relación a los resultados concretos del Estado, el ganador en bruto es el tercero de Iowa (Rubio) y el gran perdedor el segundo (Trump). Decía antes cuando hablaba del ficticio caso Florrick que lo más importante en unas elecciones de este tipo es sorprender, y precisamente eso es lo que hizo el lunes el jovencísimo senador por Florida. Quedando tan sólo un punto por detrás del magnate Trump, Marco Rubio ha sabido posicionarse como el único candidato moderado del establishment con capacidad para derrotar a Hillary en las futuras presidenciales, y conseguir un porcentaje tan alto (+20% votos) en un Estado que a priori le era contrario le asegura una larga carrera hacia la más que probable nominación. Al final, como ocurre en el entorno comparado (y más en EE UU), independientemente de quien empiece las primarias siendo popular, el centro (encarnado por Rubio) suele acabar por imponerse al radicalismo (reflejado en los ultraconservadores Trump y Cruz).

Quedan aún por disputarse 49 Estados, el ´súpermartes´ en que todo el Sur elige a sus representantes, decenas de debates y númerosos juegos políticos de apoyo y desgaste entre los respectivos candidatos. Pese a que aún sea pronto, mi apuesta personal sería una contienda final entre Clinton y Rubio, que probablemente ganaría éste último. Al final, todo se resume en las maravillas de un país en el que un hijo de emigrantes cubanos que no hablaban inglés vaya a ser presidente por el partido conservador del mismo. Dios bendiga a América.