Homenaje a Covarrubias

Acto de homenaje a Diego de Covarrubias en su centenario, celebrado el día 8 de noviembre de 2013, en la Catedral de Segovia. La conferencia principal corrió a cargo del Catedrático de Economía Jesús Huerta de Soto, que remarcó la importancia del legado de los pensadores de la Escuela de Salamanca como precursores de la actual Escuela Austriaca de Economía y de cómo, por no haber seguido sus enseñanzas, el mundo actual sigue cayendo en crisis económicas tan graves como la actual.

 

Transcribo la semblanza que hizo Jaime Balmes de Juan de Mariana, también aplicable a la mayoría de los Escolásticos españoles, tal y como asegura el profesor Jesús Huerta de Soto al concluir su lección magistral:

 

“Consumado teólogo, latinista perfecto, profundo conocedor del griego y de las lenguas orientales, literato brillante, estimable economista, político de elevado previsión. He aquí su cabeza. Añadid una vida irreprensible, una moral severa; un corazón que no conoce las ficciones, incapaz de lisonja, que late vivamente al solo nombre de libertad, como el de los fieros republicanos de Grecia y Roma; una voz firme, intrépida, que se levanta contra todo linaje de abusos, sin consideraciones a los grandes, sin temblar cuando se dirige a los reyes. Y considerad que todo esto se haya reunido en un hombre que vive en un pequeña celda de los Jesuitas de Toledo y tendréis ciertamente un conjunto de calidades y circunstancias que muy rara vez concurren en una misma persona” .

 

Anuncios

La inflación y el uso de la Historia

New_York_Construction_WorkersEl pasado miércoles se publicó en La Opinión de Murcia un artículo de Carlos Marín Ronco que se titulaba: “La inflación necesaria”. Defendía sin tapujos monetizar la deuda porque aumentaría el empleo y utilizaba un antecedente histórico para justificarlo. Una perla: “El coste inflacionista de la creación de empleo no es en absoluto neutral socialmente, ya que es ventajosa para unos: los trabajadores y endeudados, y perjudicial para los intereses de otros: acreedores y poseedores de capital (financieros en general)“.

La inflación necesaria

En las crisis económicas siempre existe la tentación de aplicar la tesis monetaristas y los métodos keynesianos para salir supuestamente más rápido de ellas. Es un error. Efectivamente, las autoridades políticas (siempre que lleguen a ser autoridades y posean la esencia de lo político, claro) se encuentran con dos posibilidades: o dejan que el saludable y doloroso reajuste siga su curso ayudándolo con rebajas de impuestos y disminuyendo la intervención previa en forma de gastos público; o huyen hacia delante “dándole al borracho, que ya siente con toda su virulencia la resaca, más alcohol” -en feliz frase de Huerta de Soto-; es decir, creando dinero de la nada, aumentando la deuda pública, subiendo impuestos y volviendo a retrógradas políticas proteccionistas.

Las probabilidades de prolongar la depresión y la de caer en un futuro no muy lejano en una aún más grave recesión inflacionaria aumentan exponencialmente. Dos experiencias. La primera, el error monetarista tras el crash bursátil de 1987, que nos llevó a la inflación de finales de los ochenta y terminó en la grave recesión de 1990-1992. La segunda, el ejemplo de Japón, que tras probar todas las intervenciones posibles, dejó de responder a estímulo alguno de expansión crediticia o de tipo keynesiano.

La invención del Laissez-Faire de Hoover

Pero lo que más me llamó la atención del artículo citado es el uso torticero de la historia. No se puede defender que Herbert Hoover fuera defensor del laissez-faire y que Roosevelt, creador del New Deal, fuera una especie de mesías económico que gracias a su “brutal ruptura con los dogmas del pasado, Estados Unidos y el mundo empezaron a dejar atrás la Gran Depresión“.

Ciertamente con Herbert Hoover la crisis se prolongó y se hizo más aguda, pero no por un supuesto laissez-faire, sino por sus políticas proteccionistas e intervencionistas. Por ejemplo, en junio de 1930 aprobó la Ley Arancelaria Hawley-Smoot, que disparó los aranceles de manera desproporcionada, lo que provocó que los demás países hicieran lo mismo. Aisló prácticamente al país del exterior, disminuyendo el empleo, las exportaciones e importaciones con el consiguiente colapso de la agricultura americana, lo que a su vez llevó a la bancarrota a gran número de bancos rurales. Entre 1931 y 1932 incrementó las obras públicas, estimuló políticas de estabilización de precios, duplicó el impuesto a las ganancias, redujo exenciones y aumentó y creó otros muchos impuestos con la Ley de Ingresos Públicos de 1932. La carga fiscal pasó del 16 por 100 al 29 por 100 del producto privado neto. La consecuencia principal de su mal llamado “dejar hacer“, que como acabo de señalar es totalmente falso, es una tasa de desempleo que avanzó desde el 8,9 por 100 al 25 por 100, de alrededor de 4,5 a 13 millones de desocupados.

El mito del New Deal

En 1933 fue elegido el demócrata Franklin Delano Roosevelt. Si Hoover prolongó la crisis y la empeoró gracias a sus políticas proteccionistas e intervencionistas, Roosevelt la agudizó aún más si cabe, aunque los defensores de la intervención estatal en la economía sigan defendiendo lo contrario.

Antes de llegar al poder criticó a Hoover en la campaña electoral de 1933 por disparar el gasto público y el control estatal. Después, haciendo suyo el aserto de Tierno Galván de que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas, nada más llegar al poder, prohibió, efectivamente, la exportación y acumulación de oro, pero además, aprobó la Administración de Recuperación Nacional (NRA), que aumentaba los controles y exigencias laborales en general y la Ley de Asistencia a la Agricultura (AAA), cuyo resultado fue la destrucción de grandes cantidades de ganado y cosechas, gracias al estímulo del gobierno, y esto pese a que su objetivo era el de elevar los ingresos de los agricultores mediante la reducción de la oferta y el ascenso de los precios.

La otra pata de la política económica de Roosevelt fue la de aumentar el gasto público mediante la construcción de grandes obras públicas y otro tipo de medidas que incrementaron el número de personas contratadas por el Estado. O sea, una especie de Plan E pero a lo bestia. Además, también aumentó varios impuestos, como el de la herencia y las ganancias, que parecían perseguir la redistribución de la riqueza.

El New Deal provocó que la salida de la crisis no llegara hasta quince años más tarde, Segunda Guerra Mundial mediante.

Como dijo Fréderic Bastiat casi un siglo antes, podemos ver aquello que los planes del Estado hacen, pero no lo que el sector privado habría hecho con esos mismo recursos. En fin.

 

Coda: 

Este artículo lo publiqué en mi anterior blog del diario La Opinión de Murcia el 30 de mayo de 2.010. Al igual que la anterior entrada fue recogido en el libro “Sendas liberales” (Ed.Biblioteca Nueva, Madrid, 2011),  junto a una selección de artículos de los miembros de Ciudadanos para el progreso.   

El sistema de capitalización en la Seguridad Social

“La lección final es que las únicas revoluciones con éxito son aquellas que confían en el individuo y en las maravillas que el individuo puede hacer cuando es libre” (José Piñera)

El sistema de pensiones de reparto, que es el modelo que en España sufrimos, no sólo se dirige hacia la bancarrota en nuestro país, sino que lo hace en todos los demás en los que está implantado. El creador de este sistema fue el llamado “Canciller de Hierro”, Otto von Bismark (1815-1898), quien a partir de 1891 instauró este sistema restrictivo en Prusia. Fue todo un éxito para el Estado porque la edad a la que tenía derecho a recibir una pensión se situaba en los 65 años, cuando la esperanza de vida en aquella época no pasaba de los 45. Un prodigio de incipiente manipulación y engaño.

José Piñera, con la colaboración de Alejandro Weinstein, publicó el 18 de julio de 1996 en el Cato Institute un estudio llamado: Una propuesta de reforma del sistema de pensiones en España”. Piñera era el Ministro de Trabajo y Previsión Social en Chile en 1981, cuando en ese país se pasó de un sistema de reparto a otro de capitalización, siendo un ejemplo y un espejo donde mirarse para muchos otros países que posteriormente lo han ido implementando con éxito.

En dicho estudio, que se realizó un año después de la firma del Pacto de Toledo, se criticaba las medidas que en él se recogían porque alargaban en el tiempo la bancarrota de la Seguridad Social pero no la solucionaban; nos daba, además, la solución para instaurar un sistema de capitalización de las cotizaciones, explicándonos cómo se podría llevar a cabo en España.

Lo que no se recoge en su ensayo, porque le parecería inimaginable, supongo, es que la mayoría de esas medidas que aparecían en el famoso acuerdo y que firmaron todas las fuerzas políticas, los empresarios y los sindicatos, no se hayan llevado a cabo quince años después. Sus cálculos del sistema de reparto, a buen seguro, hubieran sido mucho más aciagos. Por ejemplo, la necesidad de prolongar la edad de jubilación que se mantenía en los 65 años desde comienzos del siglo XX, ya aparecía reflejada en el acuerdo de 1995, por lo que la propuesta del gobierno de subir la edad a los 67 años no es algo nuevo. José Luis Rodríguez Zapatero no está teniendo más remedio durante estas semanas que hacer como que está dispuesto a emprender las reformas económicas pendientes que a lo largo de su mandato se ha negado a abordar. La Unión Europea y el sistema financiero internacional no se traga más promesas del Reino de España de que es capaz de controlar su déficit público y de que tiene la necesaria capacidad para salir de la crisis.

La propuesta de reforma de pensiones en España que hizo José Piñera en 1996 se basaba en un tránsito paulatino a un sistema de capitalización individual que elevaría las pensiones, incrementaría el empleo, aumentaría el ahorro, mejoraría la productividad del capital, potenciaría la tasa de crecimiento del PIB, reduciría el poder del Estado en la economía, despolitizaría el sistema de pensiones, estimularía una cultura laboral de ahorro, disciplinaría la gestión económica nacional y además de todo esto, sería posible implantarlo en España.

El motivo por el que ningún partido político se atreve siquiera a plantearlo es por la oposición radical de los sindicatos a cualquier cambio en nuestro sistema de pensiones. Y es que los sindicatos se han convertido en el colectivo más obtuso, arcaico, retrógrado y reaccionario que existe en nuestro país. Están impidiendo con su actitud desde hace muchos años -junto a la cobardía del socialismo que es incapaz de enfrentarse a ellos, por supuesto- cualquier pequeña posibilidad de salir a corto plazo de la crisis en la que estamos sumergidos.

Yo les invito a ellos y a todos ustedes a leerse tanto el artículo antes enlazado como “La revolución de las pensiones en Chile”, otro ensayo del mismo autor en el que describe brevemente la triunfante experiencia chilena después de dieciocho años conviviendo con un sistema de capitalización de pensiones. En fin.

Coda: 

Este artículo lo publiqué en mi anterior blog del diario La Opinión de Murcia el 06 de febrero de 2.010. Posteriormente fue recogido en el libro “Sendas liberales” (Ed.Biblioteca Nueva, Madrid, 2011),  junto a una selección de artículos de los miembros de Ciudadanos para el progreso. Lo he vuelto a traer aquí porque, por esas cosas de Internet, el enlace ha desaparecido, además de estar de nuevo de actualidad, si es que el tema de las pensiones lo ha dejado alguna vez de estar.  

Gracias, Thatcher

Obituario que Daniel Lacalle ha publicado en Cotizalia (08/04/2013) y que inserto en Murcialiberal por ser lo mejor que he leído hoy sobre la figura de Margaret Thatcher.

Gracias, Thatcher   

imgMargaret Thatcher1A finales de los años 70, Gran Bretaña sufría de tres males que nos parecerán bastante familiares a los europeos de hoy: un desempleo desbocado, un sector público hipertrofiado y una política impositiva confiscatoria.

Margaret Thatcher tenía todas las cartas en su contra. Mujer, de clase humilde, y poco dispuesta a consensuar y aceptar lo que los estamentos le imponían. Pero llegó. Y su revolución ha cambiado el mundo. Para mejor.

Cuando Thatcher llego al poder, la inflación superaba el 20%, el país estaba en manos del Fondo Monetario Internacional, al borde de la quiebra, y secuestrado económicamente por sectores clientelistas, no solo los sindicatos, sino también una clase empresarial extremadamente dependiente del estado. Socialismo con oligarcas excluyentes. ¿Les suena?

El Reino Unido era “el enfermo de Europa” (the sickman of Europe), según el Banco de Inglaterra. Las recetas de los gobiernos eran siempre las mismas. Subir los impuestos, mantener el estado asistencialista y “estimular la demanda” desde el gasto. Para subir los impuestos de nuevo, al fracasar.

Cuando Margaret Thatcher fue expulsada del poder en 1990, dejaba un país que volvía a ser líder mundial, una economía sólida, dinámica, con reguladores independientes, donde el estado es servicio, no desincentivador de inversiones y procurador de favores, y donde las palabras empresario y éxito no son insultos. Un país donde crear una empresa se hace en un día por el coste de dos happy meals, donde se crearon pymes que hoy son líderes globales. ¿Una economía perfecta donde todo es de color rosa? No, para nada. Pero olvidamos de dónde venía.

Mucho se ha hablado de los sindicatos en los 70 y su poder (“té y sándwiches en Downing Street”, les llamaban), pero no de su impacto económico. Las huelgas constantes en el Reino Unido de mediados de los setenta creaban un impacto económico doble. Recesión y rechazo del capital inversor a poner dinero en el país.Invertir en Inglaterra era garantía de confiscación por impuestos. ¿Les suena?

Hay cosas que el gobierno de Thatcher hizo que hoy ignoramos porque lo que existía antes nos parece simplemente inimaginable. Control de capitales. Sí, Reino Unido mantenía controles de cambio y de capitales desde los años 40. Hoy, la libre circulación de capital nos parece normal y lógica. Eso lo cambió Thatcher en dos meses.

Unos impuestos que llegaban al 83% de la renta en ciertos tramos. ¿Recuerdan aquellos discos que grabaron los Rolling Stones o The Who en países exóticos durante los setenta? No era para viajar y conocer mundo. Era para escapar del fisco. Reino Unido era un infierno fiscal. ¿Les suena?

Austeridad, bajada de impuestos e inversores

Thatcher hizo lo que se suponía imposible, austeridad, bajar impuestos y atraer capital. Y cambió un infierno fiscal, trampa para el capital que se había gestado durante décadas, en pocos años.

Siempre dicen que su mandato tuvo dos recesiones, y es cierto, pero nadie dice cuánto se tardó en salir de las mismas. La mitad de tiempo que en sus países comparables de Europa. Porque siempre que hablamos de la era Thatcher olvidamos lo que ocurría a nuestro alrededor.

Los críticos hablan del aumento de la desigualdad en Reino Unido durante la época de Thatcher. De nuevo, olvidando de dónde salía el país. Y la base de la que partía.

Los salarios básicos aumentaron muy por encima de la inflación, la renta disponible y su riqueza aumentaron para las clases más desfavorecidas. Durante el mandato de Thatcher, el porcentaje de mujeres trabajando creció un doble dígito, pero además las mujeres empresarias se multiplicaron. Se hizo un país donde la gente sabía que si se esforzaba y ponía empeño, ganaría ¿Igualdad? No, libertad.Y los ciudadanos lo valoran. La inmigración que viene a este país sabe que puede prosperar y crecer. Claro que puede fallar. Pero también, curiosamente, valoran el sistema de asistencia social.

La privatización de empresas públicas al borde de la quiebra fue otro de los pilares de la política económica de la era Thatcher. Pero la privatización era más que una manera de recuperar control sobre el déficit y reducir deuda, de mejorar la gestión. Lo realmente importante, y que también ignoramos porque lo damos por hecho, es que con Thatcher se introdujeron reguladores realmente independientes, no un brazo más de un estado clientelista. Unos reguladores que garantizan que las reglas de mercado son a la vez justas y transparentes.

Olvidar la base de la que partió es parte del injusto análisis que se hace a la época de Thatcher. La esperanza de vida aumento en casi tres años entre 1980 y 1990, más que en la media de la OCDE. Curiosamente, fue la privatización de muchos servicios no esenciales la que permitió enfocarse en mejorar una seguridad social que era un auténtico desastre. ¿Era  una maravilla en 1990? No. Ni hoy. Pero, de nuevo, no podemos olvidar de dónde se partía.

Ignoramos también lo que es la inflación, el impuesto silencioso, y su efecto devastador sobre la economía. En 1979 se daba por hecha, como algo “inevitable”. Bajar la inflación de un 21% al 12% fue un auténtico éxito que no se puede achacar solo al petróleo del mar del Norte, como hacen algunos. Además, dicho petróleo comienza a ser una inversión atractiva cuando los gobiernos de Thatcher empiezan a comprender la importancia de atraer capital.

Y es ahí donde Margaret Thatcher fue y es un éxito rotundo. De ser un país de bajo atractivo para el inversor, Reino Unido pasó a ser uno de los países con mayor balanza financiera positiva. Entender las dificultades de la economía y trabajar con ellas, hacer de los errores oportunidades y dejar que los sectores pujantes florezcan fue también un cambio histórico. No entorpecer, no intervenir, no usar paternalismo económico que usted paga con más impuestos. Claro que la City ha sido esencial. Pero ya existía. Thatcher contribuyó a su desarrollo como motor económico global.Hoy la City de Londres provee al país de más ingresos por impuestos que Escocia.

Coto a la casta política

Thatcher no redujo el gasto público en sus primeros años. Pero lo contuvo de manera ejemplar y luego lo redujo. Su austeridad fue atacar el gasto político, las subvenciones, los enormes costes de un estado hipertrofiado. En Reino Unido, uno no ve políticos con veinte asesores, choferes, mayordomos y sequitos. Cortó muchas cabezas de muy altos cargos.

Uno de los éxitos de Thatcher fue cambiar esa casta. Hoy es primera página, dimisión y escarnio público cuando un político gasta 200 libras en cursos injustificados.

Por supuesto, donde Thatcher tuvo una absoluta clarividencia fue en rechazar la moneda única y los avances intervencionistas de Europa. Hoy nos parece normal, y hasta típico inglés, pero en aquella época la Dama de Hierro tuvo que luchar encarnizadamente contra su propio partido y la oposición para defender la libra, la independencia económica y resistirse a ser engullida por una construcción europea que ya apuntaba maneras de planificación centralizada casi-soviética.

Yo llevo muchos años viviendo en Inglaterra. La figura de Thatcher sigue generando controversia y opiniones dispares. Como todos los grandes líderes. Cometió errores, claro. Muchos. Pero, en mi opinión como observador externo, el mayor legado de la Dama de Hierro es que hoy, en este país, casi nadie, sea laborista, liberal, conservador o independiente, defiende el intervencionismo que asolaba el país en los setenta. Porque los votantes saben que no funciona. Porque nadie quiere volver a aquella Inglaterra desolada. Los principios de libertad económica, de apertura y de mercado son ya parte del ADN de un país que hace pocas décadas era un erial estatista.

No, Margaret Thatcher no era perfecta. Ni aplicó todo lo que defendía. No pudo. Pero por muchos errores que cometiera, y muchas críticas, algunas merecidas, hay mucho que los ciudadanos de Reino Unido y del mundo le debemos. Defender la libertad, el esfuerzo, ser un ejemplo de cómo se puede llegar lejos sin contar con privilegios. Haber sacado a su país del destino de ser el “enfermo de Europa”.

Siempre que voy a España me dicen que los principios de austeridad, apertura y libre mercado no se pueden aplicar porque “somos así”. Reino Unido era “así”. Gracias a Margaret Thatcher, probablemente nunca más lo será.

Descanse en paz. “

No a la tasa Tobin

El Partido de la Libertad Individual (P-LIB) expresa su preocupación por el acuerdo alcanzado por once países de la Unión Europea, incluido España, para avanzar en la implantación de la Tasa Tobin a las transacciones financieras. El gobierno la quiere vender como un impuesto a los bancos que no será trasladado al usuario. Su objetivo, dicen, es que los bancos paguen parte de sus propios rescates y poner freno a la especulación. Es otra mentira más de este gobierno ya que en realidad pretende instaurar un nuevo impuesto. Los bancos no tienen otro remedio que trasladar la tasa a sus clientes como ya ha sucedido en Francia. La razón por la que la banca, como el resto de intermediarios financieros afectados por la tasa, no puede asumir este impuesto es muy sencilla, la propuesta de Bruselas gravaría con un tipo del 0,1% las compraventas de acciones y bonos y con un tipo del 0,01% las de derivados, esto supera con creces las comisiones de la mayor parte de la banca lo que le llevaría a considerables pérdidas en cuestión de días.

Por supuesto, el gobierno sabe muy bien que la banca trasladará el impuesto a los clientes aunque nunca se lo reconocerá directamente a los ciudadanos. Sin embargo lo reconoce implícitamente cuando incluye entre sus objetivos el freno de la especulación. Es obvio que si el especulador es un cliente de la banca sólo podrán verse frenadas sus operaciones si se le carga la tasa. Los impuestos, al final, siempre los paga el ciudadano, por más que parezca que se grava a un tipo de empresas.

La medida es muy perniciosa ya que traslada parte del ahorro de los ciudadanos, tan necesario para salir de la crisis, a las manos de un gobierno que lo gastará en intentar mantener su política de gasto sin control. Además, esta medida, como ya ha sucedido en Francia en estos meses y como sucedió en Suecia en los ochenta, reducirá el volumen de contratación del mercado, alejará a los pequeños inversores de la bolsa y a los grandes los sacará del país. La reducción del volumen aumentará la volatilidad de la bolsa ya que al haber menos inversores los movimientos tanto al alza como a la baja serán más bruscos.

Continuando con el engaño a la ciudadanía, los gobiernos han tomado el nombre de tasa Tobin para algo que no tiene mucho que ver con la idea inicial para la que se propuso dicha tasa. La tasa Tobin original, propuesta por el economista James Tobin, tenía como objetivo reducir la volatilidad en los cambios de divisas. La idea no era muy afortunada ya que la principal razón de la volatilidad en los cruces de las diversas divisas no es la especulación sino la lucha entre los diversos bancos centrales por ver quien crea más dinero a costa de los ciudadanos. La solución para frenar los vaivenes en el mercado de divisas no es un impuesto que alejaría a inversores y por lo tanto aumentaría la volatilidad de las mismas, sino lavuelta al patrón oro que evita la creación de nuevo dinero por parte de los bancos centrales y establecería un cambio fijo entre divisas según su contenido en oro.

Los liberales reiteramos que la solución de la crisis no pasa por más impuestos sino por el fin de las políticas de estímulo practicadas por el Estado desde que empezó la crisis, que les lleva a gastar sistemáticamente muy por encima de lo que ingresan, casi un tercio más, provocando que se duplique la deuda pública y el despilfarro de miles de millones de euros del contribuyente.

Partido de la Libertad individual

La organización de la política y la Revolución Tecnológica

He oído a mi admirado Alejo Vidal Cuadras en una tertulia de radio manteniendo que el principio de descentralización de la administración y de la estructura del Estado para ganar en eficiencia es un mantra que nadie discute. Falso. Yo lo hago. Desde hace tiempo vengo sosteniendo que ciertos principios que son defendidos tanto por liberales como por socialistas acérrimos no tienen en cuenta la revolución tecnológica que estamos viviendo durante estos años. Las grandes revoluciones a lo largo de la historia, y tomando la Revolución Industrial como paradigma, son el reactivo de grandes cambios políticos y económicos que tan sólo se pueden interrelacionar con el paso de los años. Dentro de un siglo, cuando se estudie esta época que nos ha tocado vivir, se verá de una forma más clara la relación entre los pasos agigantados de la ciencia y la tecnología que estamos disfrutando y los desajustes políticos y económicos que estamos padeciendo.

La Política y las ideas son estáticas y en la mayoría historicistas, al contrario que el progreso de la ciencia y la tecnología que es dinámico. Lo digo porque, y por ejemplo, la organización de la estructura política de España sigue siendo básicamente la del siglo XIX, cuando los avances en materia de transportes, de medios de comunicación, de la tecnología informática, han acercado los territorios y a los individuos tanto, que a veces estamos a un simple toque del ratón del ordenador. Que los socialistas, reaccionarios ellos, y los nacionalistas, reductos del pasado que se resisten a ser engullidos por la Historia, no lo vean, no me preocupa. Sí, por el contrario, que la inmensa mayoría de liberales no se estén dando cuenta que una forma de reducir el tamaño elefantiásico del Estado no pasa por la descentralización, sino por todo lo contrario. La cultura tiende a igualarse gracias a los diferentes medios de comunicación (televisión, radio, etc…), cualquiera se puede acercar a la capital de España en unas pocas horas, la mayoría de gestiones administrativas se pueden hacer desde un ordenador personal… ¿Tiene sentido la misma estructura de hace treinta años? Es más, ¿tiene la de diez?

Es cierto que esto es una materia mucho más profunda, que ni estoy capacitado para desarrollar ni tengo el tiempo suficiente. Sería algo para mis inquietos y brillantes liberales (austriacos incluidos, defensores del derecho de autodeterminación) que tanto leo, tan dados a discutir sobre cualquier tema con el afán de preguntarse por todo y que no dan nada por sentado. Por esto creo que tiene que haber estudios y críticas sobre este tema. Estaré atento por si encuentro algo. En fin.

Foto: División territorial de España 1822 (Wikipedia)