La izquierda que odia

ciudadanos-frontJOSÉ MARÍA RIQUELME  Cada día siento más simpatía por Mariano Rajoy. No por el presidente de Gobierno ausente e insensible por momentos hacia sus votantes naturales, ni por quien tan poco hace para que su partido supere esa imagen de inmovilismo ante la corrupción que carcome algunas de sus franquicias regionales. Siento simpatía por su personalidad melancólica, la del hombre que ha sido superado por las circunstancias, aunque capaz de liderar la reversión de la indigencia económica a la que estamos condenados cada vez que nos gobierna la izquierda. El mismo hombre que perdonó y no denunció (la conciencia y la Ley son cosas distintas, aunque la zanguanga Maestre y sus podemitas no lo sepan) a ese niñato intoxicado por la ´telecracia´ y la cultura del odio y futuro votante medio que le agredió en Pontevedra durante la última campaña electoral. Ni siquiera quiso que esto se utilizara contra el adversario político, lo que anticipa su bonhomía.

Al ciudadano Rajoy, Pontevedra debería tenerle como ejemplo de tolerancia y civismo. Sin embargo, el lunes 22 de febrero de 2016 el Pleno de ese Ayuntamiento le ha declarado ´persona non grata´ merced a una moción promovida por el PSOE gallego y por el Podemos local y apoyada por el Bloque Nacionalista Gallego. El motivo, la concesión por parte de la Demarcación de Costas del Estado de una prórroga de la concesión administrativa a la empresa Ence, la más importante en el término municipal, para que continúe su actividad industrial (fabricación de celulosa) junto a la ría, salvaguardando así cientos de empleos directos y otros miles indirectos, y con ello, el bienestar de los afectados por su cierre.

Y por supuesto que la actividad de la empresa puede ser sometida a consideración pública. Nadie es ajeno a la problemática ambiental que generan todas las empresas de carácter industrial. Sí, esas que hay que potenciar en detrimento de los servicios y la construcción. Pero lo que todavía no ha explicado el Consistorio pontevedrés es qué parámetros ambientales incumple la empresa a día de hoy. Ni de qué licencia o permiso carece. Es un paso más en la ideología del odio. Un pulso entre Administraciones resuelto con el intento de humillación pública al presidente del Gobierno en funciones. Si yo fuera Rajoy volvería a Pontevedra orgulloso de que esa rehala de ediles me distinguiera de esa forma. Ya se sabe que no ofende quien quiere sino quien puede. La rehala pontevedresa justifica el despropósito ´en nombre de la ciudadanía´, aunque sus efectos perjudiquen a una mayoría de ciudadanos.

Es el ejemplo que nos dan algunos de los que se han aupado al poder desde las últimas elecciones municipales y autonómicas. No sabemos qué problemas de los existentes han resuelto, pero sí aquellos nuevos que han creado, entre ellos, el de dividir y polarizar cada vez más a los españoles de toda clase y condición. Son los mismos ignorantes que llevan algunos años proclamando que quienes no piensan como ellos ´arderán como en el 36´. Por favor, que alguien les explique que aquello fue la causa de que otros como ellos tuvieran que salir corriendo en el 39. Y la mayoría no queremos eso. Otra vez no.

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Van a por todas

ciudadanos-frontNICOLÁS GONZÁLVEZ GALLEGO Hasta donde yo tenía entendido, los Ayuntamientos eran la Administración más cercana al ciudadano, tal y como se repitió como un mantra en los años de bonanza económica en los que, con la excusa de la mal llamada segunda descentralización, los municipios vieron crecer sus presupuestos de forma exponencial para, supuestamente, dar los mejores servicios a sus habitantes. Lo que no sabíamos, ni tan siquiera aventurábamos en un momento de delirio, es que los ayuntamientos, especialmente aquellos autodenominados como ‘Ayuntamientos del cambio’, se convertirían en el epicentro de la descentralización ideológica, en la punta de lanza de la ingeniería social, en el estercolero intelectual de España.

La Colau, er’Kichi, Carmena y tantos otros, están deleitándonos con medidas que poco tienen que ver con esa supuesta emergencia social en la que vivía el país. Muchos de estos consistorios han vivido de la inercia de los gobiernos a los que han relevado y han puesto su atención en la adopción de medidas sectarias. Poco más puede esperarse de gobiernos formados por personas que en su experiencia vital atesoran cualidades de tal valía como asaltar una capilla, hacer chistes antisemitas, mearse en la Gran Vía de Murcia, o vivir de los ‘movimientos sociales’, que en muchos casos no son más que meros espasmos o estertores subvencionados, eso sí, por la casta.

Parece mentira que aún haya a quienes les sorprendan las cabalgatas tribales con los reyes magos enfundados en batas de guatiné, los títeres en los que se violan monjas y se ahorcan jueces o el Padre Nuestro en el que una tipa se dedica en el ayuntamiento de Barcelona a ‘santificar el coño’ y a clamar contra los ‘hijos de puta’. Yo pensaba que el feminismo y la igualdad se ocupaban de trabajar para lograr la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, no de acudir a actos institucionales a hacer performances puerilmente transgresoras, para quedar ante el público como una feminista conceptual al servicio del ‘prucés’ Yo no tengo problema en que cada cual cree, piense, escriba o interprete lo que le dé la gana, pero no bajo la tutela de una Administración que debe velar por garantizar que los fondos públicos no se utilizan para ofender deliberadamente a una parte de sus ciudadanos ni a promover unas posturas sobre otras, sean las que sean. Y eso nada tiene que ver con ser católico, judío, ortodoxo o ateo.

Los Ayuntamientos que, gracias al PSOE, ahora ocupan los de Podemos bajo sus distintas marcas blancas (Ahora, En Común, En Comandita, En Pandi Roja?) no tienen como propósito acabar con esa pobreza que, según ellos, nos situaba poco menos que al nivel de Somalia. No, el objetivo es bien distinto. Consiste en destruir el sistema actual y establecer otro, en el que por derecho propio ellos ocuparán siempre la cúspide para guiarnos y someternos a los demás, y en el que todo el que no sea como ellos será un ciudadano de segunda. Incluidos los socialistas, ojo, porque si a alguien están humillando con especial ahínco estas semanas es a ellos, que parecen estar encantados de que estos adanes de extrema izquierda los maltraten con tal de ser copartícipes del desastre que se nos viene encima. Pero ese es otro cantar.

Se trata, en definitiva, de anular a una parte de la ciudadanía, de ridiculizar sus creencias y valores, de sustituir incluso la educación que los padres eligen para sus hijos por la que determine el concejal okupa de turno. Porque quienes no pensamos como ellos, sencillamente, somos incultos, gañanes, fascistas retrógrados que no tenemos ni idea de nada porque no hemos echado los dientes en los templos de sapiencia occidentales que son las facultades de ciencia política (algún día, alguien tendrá que estudiar la contribución de esos departamentos universitarios a la idiocia y suicidio colectivos de España). Tampoco entendemos el progreso que supone estar financiados por narcoestados sudamericanos que están deseando desembarcar ideológica, y quién sabe si algo más, en nuestro gobierno.

No buscan la regeneración, buscan la revolución y la revancha. Buscan anular la existencia de media España, vaciar los espacios públicos de referencias a Muñoz Seca, Mihura o Calvo Sotelo y llenarlos con títeres filoterroristas o desfiles del año nuevo chino. Quieren ser ellos, y sólo ellos, los que decidan quién es demócrata y tiene derecho a opinar y expresarse y quiénes servimos únicamente para trabajar y pagar impuestos que sostengan sus delirios totalitarios y sus políticas asistencialistas que permitan mantener callado a ese lumpen, que diría Pablo Iglesias, en el que se apoyan. Y lo pueden conseguir, porque entre la derecha mortecina, entretenida en cavar su propia fosa, y la izquierda socialdemócrata, inmersa en una bipolaridad sin precedentes, el camino está despejado.

Van a por todas y, para nuestro mal, les puede salir bien.

Dios bendiga Iowa

ciudadanos-frontPILAR RODRÍGUEZ LOSANTOS Si es usted un apasionado de las series de televisión estadounidenses que mezclan política, pasión, comedia y drama y (por alguna maldición del destino) no está enganchado ya, debería ver con carácter urgente The Good Wife.

El argumento de la trama de esta serie de televisión de la Fox es complejo a la par que realista. Trata la historia de una abogada de Chicago cuyo marido se reinventa tras ir a la cárcel, consiguiendo ser Fiscal del Estado, posteriormente Gobernador de Illinois y, en esta temporada, candidato a las primarias demócratas a la presidencia de EE UU. Más allá de la constatación de que el ´sueño americano´ de reinventarse tras la derrota es posible, la serie muestra con una impresionante exactitud la situación jurídica y política del país. Como ya decía, la realidad que se expone en los capítulos es tal que llega al punto de mezclar a los personajes ficticios de la serie con personas reales en situaciones reales. La última genialidad del show ha sido hacer competir a Peter Florrick (marido de la protagonista, Alicia Florrick) contra Hillary Clinton y Bernie Sanders por alzarse con el ansiado puesto de candidato demócrata a la presidencia de EE UU.

Hace apenas dos semanas (permítanme alertar que estoy a punto de hacerles un gran spoiler), se emitió un capítulo en el que se producían las elecciones primarias en el Estado de Iowa. Como sabrán, los estadounidenses deciden a los candidatos de cada partido de manera totalmente democrática, ya sea en la versión griega/asamblearia o en otra representativa en relación al lugar donde nos encontremos, por lo que este Estado, el primero de todos, marca el pistoletazo de salida para recabar apoyos por todo el país. En el capítulo mencionado, además de mostrar la curiosa manera de organizar la contienda electoral en el caucus, se arrojó un resultado inesperado en el curso de la serie: Peter Florrick obtuvo tan sólo un 4% de los votos y, por tanto, tuvo que abandonar, ya en el primer Estado, la carrera presidencial.

Este hecho, además de dar un vuelco a la trama del show y provocar un par de infartos entre sus seguidores, nos mostró dos enseñanzas clave del proceso americano. En primer lugar que, pese a lo que digan las encuestas (en caso de la serie el protagonista iba en cabeza), la única forma de tomarle el pulso a la ciudadanía es en la propia votación. En segundo lugar, que Iowa es un Estado clave para la elección del candidato, pero de la manera opuesta a la que tradicionalmente estamos acostumbrados: en este territorio, paradójicamente, lo importante no es ganar, sino sorprender y, sobretodo, no perder.

Con la decepción de la derrota del ficticio Gobernador Florrick y las enseñanzas que se desprendían de su experiencia, el pasado lunes nos enfrentamos a las elecciones primarias reales para elegir a los dos candidatos del bipartidismo americano. En líneas generales, nos encontrábamos con dos escenarios. Por el lado demócrata, una ligera ventaja de la eterna aspirante Hillary Clinton respecto al socialista Sanders. Por parte de los republicanos, un escenario inédito: el todopoderoso Trump a la cabeza, seguido del ultraconservador Cruz, el outsider Carson y una retahíla de candidatos del establishment sin apenas opciones de sobresalir, entre la que destaca el hispano senador por Florida Marco Rubio.

Tras unas semanas de infarto para los cabeza de lista de ambas formaciones, con escándalos resurgidos (como el de los e-mails de Clinton) y debates escapados (como el último de Trump), llegó el día D y, como era de esperar, no defraudó el desconcierto de sus resultados. En bruto, la clasificación demócrata se saldó con un empate entre Clinton y Sanders, mientras que en la republicana ganó Cruz, seguido de Trump, Rubio y Carson. Teniendo en cuenta, sin embargo, la particularidad de este caucus y su influencia en el resto de la contienda, los vencedores y vencidos no son los aparentes.

En primer lugar, Hillary Clinton debería replantearse seriamente qué le sucede a su campaña cuando, siendo la candidata más y mejor preparada, con unas ideas sensatas y populares, es incapaz de ganar a un aspirante con una ideología que, a priori, cuenta con tan pocos adeptos en EE UU. Pese a que el resultado haya sido un empate técnico y aún quede mucho partido por jugar, la exsenadora no puede permitirse dejar escapar más derrotas en Estados dudosos como Iowa, sobre todo teniendo en cuenta que Sanders tiene asegurados los delegados en otros como New Hamphsire.

Por parte de los republicanos, paradójicamente en relación a los resultados concretos del Estado, el ganador en bruto es el tercero de Iowa (Rubio) y el gran perdedor el segundo (Trump). Decía antes cuando hablaba del ficticio caso Florrick que lo más importante en unas elecciones de este tipo es sorprender, y precisamente eso es lo que hizo el lunes el jovencísimo senador por Florida. Quedando tan sólo un punto por detrás del magnate Trump, Marco Rubio ha sabido posicionarse como el único candidato moderado del establishment con capacidad para derrotar a Hillary en las futuras presidenciales, y conseguir un porcentaje tan alto (+20% votos) en un Estado que a priori le era contrario le asegura una larga carrera hacia la más que probable nominación. Al final, como ocurre en el entorno comparado (y más en EE UU), independientemente de quien empiece las primarias siendo popular, el centro (encarnado por Rubio) suele acabar por imponerse al radicalismo (reflejado en los ultraconservadores Trump y Cruz).

Quedan aún por disputarse 49 Estados, el ´súpermartes´ en que todo el Sur elige a sus representantes, decenas de debates y númerosos juegos políticos de apoyo y desgaste entre los respectivos candidatos. Pese a que aún sea pronto, mi apuesta personal sería una contienda final entre Clinton y Rubio, que probablemente ganaría éste último. Al final, todo se resume en las maravillas de un país en el que un hijo de emigrantes cubanos que no hablaban inglés vaya a ser presidente por el partido conservador del mismo. Dios bendiga a América.

La noche de los expeperos vivientes

ciudadanos-frontNICOLÁS GONZÁLVEZ GALLEGO Es posible que Iker Jiménez esté ya tras la pista, pero si no lo está, que lo llame alguien que tenga mano en estas cosas para que la nave del misterio, el galeón de lo oculto, la patera de lo inexplicable atraque (con perdón, que no quiero comenzar hiriendo sensibilidades) en esta región. Después de la Santa Compaña, de la que no tengo más referencia que la de los comentarios ininteligibles, y por tanto obligatoriamente subtitulados, de señoras gallegas en bata, ha llegado el momento de estudiar otro fenómeno paranormal de ánimas que lloran sus penas, políticas en este caso, en Murcia.

Son cada vez más los que dicen haber visto una procesión de altos cargos y cargas salientes del PP dirigiéndose con un papel en la mano a la sede de Ciudadanos. Hay quienes, en un primer momento, aseguraron que aquello era un casting para la versión panocha de The Walking Dead de exmilitantes populares con egos insatisfechos, envueltos en colonia Senador y Alada. Éste que escribe, que es muy de visualizar las cosas, no puede evitar recordar aquella escena de la serie en la que salían despavoridos unos cuantos cientos de zombis de un granero, como el que acaba de salir de hacer una complementaria del IRPF en la Agencia Tributaria y le ponen en la puerta a un aspirante a inspector de Hacienda.

Está claro que no hay que ser Jorge Verstrynge para cambiar de partido como el que cambia los pañales de un recién nacido, faltaría más, y que conste que no saco a pasear la metáfora por lo que unos y otros albergan dentro, sino por la frecuencia. Ahora bien, guardar las formas e incluso un poco silencio no está de más. Me causan una mezcla de gracia y estupor aquellos que, habiendo pastado por las praderas del erario público, no sólo en la última época, más austera, sino en aquella en la que cualquier tontolaspelotas tenía una tarjeta con crédito de ´libre disposición´, ahora braman por lo insoportable de la corrupción del PP, por lo alejado que, dicen, está de la calle o porque se han dado cuenta de que la recuperación no ha llegado a todos.

La cosa es que, con todo, al final se dejan a sí mismos en evidencia, pues si tan exasperante, insufrible y frustrante era ser director general, consejero o concejal del Partido Popular, ¿por qué no denunciaron lo que supuestamente pasaba? ¿por qué no alzaron la voz entre los suyos mientras se mesaban los cabellos? ¿qué estaban haciendo para no conocer la realidad de la calle? Respondan ustedes, que yo estoy entre la risa y las ganas de hacerme el carnet de la Asociación Nacional del Rifle.

Ya no engañan a nadie. Ni a la gente, ni (espero) a los partidos donde quieren aterrizar, ni a los que siguen militando en el PP. Es, simplemente, un ataque de falsa decencia vinculado al descenso de su cuenta corriente, a sus prebendas e, insisto, a sus egos. Hay, de hecho, quien lo tiene tan grande que lo ha tenido que empadronar aparte. Doy fe de ello. Pero en el fondo que nadie los va a echar de menos, que quienes les daban las palmadas en la espalda, los que quedaban con ellos para irse de compras o para vestirse de Geyperman por la Sierra de la Pila, que de todo había, ahora se irán con otros. Sic transit gloria mundi.

Como ya nadie les hace caso, en lugar de retirarse discretamente o dejar pasar un tiempo, saltan a otra formación como si las brasas del desempleo y el despecho les ardieran bajo los pies y, entretanto, llaman a los amiguitos que aún les quedan en la prensa para decir «¡eh!, aquí estoy yo». Se trata de gente cuya fidelidad a un proyecto y a unas ideas se evapora a golpe de BORM o se licúa con la percepción de la última nómina. Las aspiraciones de quienes integran tan peculiar versión de la Santa Compaña oscilan, según parece, entre la ONU y la Pasarela Cibeles, lo cual deja bien claro la alta estima en la que cada cual se tiene.

Me cuentan, yo no lo he visto, que otro fenómeno curioso ocurre cuando dos ex se encuentran por la calle, se identifican y se ponen a lamentarse, a echar la vista atrás y a rajar de todo aquél que les ha sobrevivido. Entonces, si se juntan tres o más, se aparece Béla Lugosi con la dentadura reforzada con Algasiv Forte. Pero insisto, eso me lo transmiten las malas lenguas, que yo no he visto nada, oiga.

En serio, no me parece mal que alguien deje un partido, el que sea, y se incorpore a otro. La vida es cambio, evolución y tal, pero digo yo que el duelo habrá que pasarlo, ¿no? Porque de lo contrario, da la sensación de que en realidad el apego a las ideas es nulo y que, en lugar de dar la batalla desde dentro, las personas que tienen una cierta posición de privilegio y en consecuencia de responsabilidad, optan por abandonar porque no se les reconoce su extraordinaria valía en forma de cargo público. Insisto, flaco favor hacen a la tan traída y llevada regeneración, así como a las bases de ese partido, aquellos a los que el apego a unas ideas les dura lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, que diría Sabina.

Pero, en fin, ya que no podemos detener el lento goteo de tránsfugas doloridos y fantasmagóricos, propongo que disfrutemos al menos de los comentarios, los chismes, los whatsapp con enlaces a las noticias donde fulanito dice que se va o con la foto de mengano en tal acto de los otros y, en definitiva, todo ese chismorreo tan de provincias que, reconozcámoslo, nos encanta. ¿A que sí?

El 31% de la población sostiene España

OrganigramaEstructuraPoblación23042015

 

De vez en cuando me gusta actualizar el gráfico sobre la ocupación de la población española que regularmente nos regala el tuitero @Absolutexe (http://www.estadolimitado.com) en base a los datos que nos proporciona la EPA. En el anterior que enlacé por aquí (3T 2013) los datos nos daban que el 29,72% sostenía España y a todo su entramado. En la última publicación de la EPA vamos ya por un 31%. ¿Quién habla de neoliberalismo?

Discurso de Cayetana Alvarez de Toledo en la Diada de 2014

cayetana-atPor la paz civil
Madrid, 1 de septiembre de 2014

A esta hora, en las calles de Barcelona, miles de personas están conmemorando una guerra civil. Es un raro ejercicio. Su intención no es que el recuerdo sirva a la razón y a la convivencia. Su intención es que la herida permanezca. Hace trescientos años, en el asedio de Barcelona, murieron cerca de veinte mil personas. Ingleses y franceses en el lado borbónico; alemanes y holandeses en el lado austracista. Pero, sobre todo, murieron españoles. Españoles que luchaban en un bando y en otro. Murieron atacando o defendiendo la montaña de Montjuic. También por las cales de la ciudad amurallada. Bajo una luvia de bombas. Cuerpo a cuerpo, español contra español.

El 11 de septiembre empezó a celebrarse a principios del siglo XX. Aunque la conversión de la matanza en fiesta nacional data de la primera ley aprobada en 1980 por el parlamento catalán. No fue una decisión que el entonces presidente Pujol tomara en solitario. Lo apoyaron todos los grupos parlamentarios. Y no hubo un gran debate ciudadano. Algunas personas propusieron, con cierta timidez, la alternativa de San Jorge. El Sant Jordi catalán añade a su origen religioso un amable carácter civil basado en la costumbre, reciente aunque cuajada, del libro y de la rosa. Pero nunca legó a considerarse con seriedad. Se prefirió la evocación de un episodio sangriento a una pacífica consagración de la primavera.

El reproche más extendido que se hizo entonces al 1 de septiembre tuvo un carácter irónico. ¿Cómo era posible que una comunidad política decidiera celebrar su presunta desaparición? ¿Cómo era posible que prefiriera «la desesperación a la esperanza», por utilizar las palabras de Henry Kamen? Celebraban, celebran, la herida. Una herida entre españoles. Su intención era, y es, que la herida permanezca. Ellos lo proclamaron, sin embargo, el día en que Cataluña se rindió ante España y perdió su libertad.

A partir del primer gobierno nacionalista, el mito del 1 de septiembre de 1714 adquiría solemne formalidad institucional. Pero aunque el mito se vista de decreto, mito se queda. Sólo desde la ignorancia o el fanatismo puede presentarse la Guerra de Sucesión como una guerra de España contra
Cataluña. La Guerra de Sucesión fue una guerra dinástica. Una guerra internacional. Y una guerra civil. Una guerra civil entre españoles y una guerra civil entre catalanes. La guerra se libró a lo largo y ancho de España: de Extremadura a Mallorca; de Sevilla a Vigo; de Cádiz a Navarra. Y, por supuesto, en Cataluña, Aragón y Castilla; en Barcelona, Zaragoza y Madrid. La guerra abrió trincheras entre los distintos reinos de la antigua Monarquía. Sí. Pero también las abrió en el interior de cada territorio. Hubo partidarios de Carlos en Castilla y defensores de Felipe en Cataluña. Austracistas en un sito y en otro. Borbónicos aquí y allá. No hubo un candidato catalán y otro español. No hubo un ejército catalán y otro español. Los dos lucharon en nombre del Rey de España. Los dos celebraron sus victorias como victorias para España. Y los dos lograron sus derrotas como derrotas para España. Unas siete mil personas abandonaron Barcelona cuando fue tomada por las tropas del Archiduque en 1705. La ciudad tenía entonces treinta y cinco mil habitantes: los borbónicos no eran una minoría residual.

Hay algunas preguntas que hacerse: El último almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera
y Ponce de León, ¿era menos castellano o un mal castellano por apoyar al archiduque Carlos? Las ciudades de Cervera, Berga, Ripol o Manleu; el vale de Arán, ¿eran menos catalanas que otras ciudades o comarcas de Cataluña por defender a Felipe V? ¿O es que incurrían ciega y colectivamente en el autodio, esa patología inventada por el nacionalismo para decretar la muerte civil del discrepante?

¿Y quiénes eran más catalanes, de una catalanidad más depurada? ¿La nobleza urbana y la burguesía ilustrada, que ensalzaban las reformas introducidas por los Borbones en Francia? ¿O la aristocracia rural, el clero y los comerciantes y artesanos, que las rechazaban por amenazar sus privilegios? No hubo una Cataluña buena y otra malvada. No hubo una sola Cataluña. Hubo tantas como sus ciudades, tantas como sus facciones políticas, económicas y sociales. Tantas como sus habitantes. Tantas. Como ahora.

Esas Cataluñas fluctuaron con el tiempo y por la fuerza de los acontecimientos. Ciudades como Taragona, Lérida y Gerona cambiaron de bando varias veces. Barcelona sólo cambió una vez, pero con consecuencias trágicas. A unos pasos del antiguo mercado del Borne, hoy convertido en monumento a los mitos de 1714, se levanta una marquesina que parece haber escapado a la manipulación nacionalista. Es la última arenga del general Antonio de Villaroel a los hombres que defienden Barcelona del asedio. Dice así:

«Señores, hijos y hermanos: hoy es el día en que se han de
acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha
ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no
somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros
mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy
es el día de morir o vencer.»

El 11 de septiembre de 1714, a las 3 de la tarde, Rafael de Casanova firma el último bando austracista. La ciudad caerá al día siguiente, poco después del mediodía. Casanova pide a los barceloneses que derramen hasta la última gota de sangre.

«Se confía, con todo, que como verdaderos hijos de la patria y amantes de la libertad acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España».

«La libertad de toda España». Por eso decían luchar los unos en 1714. Por eso mismo decían luchar los otros. Tenían conviciones diferentes. Discrepaban en sus intereses. Pero les unía la coincidencia fundamental de España. Y les unió la derrota. La Guerra de Sucesión fue un dramático episodio para España. Perdió teritorios, influencia, tiempo y vidas. No hubo en 1714 dos sujetos políticos ni dos identidades enfrentadas: Cataluña y España. Tampoco las hubo en 1936.

Tampoco las hay ahora. Esta es la verdad que el nacionalismo ha borrado del pasado para que no arruine su presente. El nacionalismo precisa hacer de Cataluña una sociedad unánime, impermeable al pluralismo, identitariamente pura y abocada al enfrentamiento con España. Su empeño es firme. Pero estéril.

A esta hora miles de personas conmemoran en Barcelona una guerra civil. Libres e Iguales repudia que el 11 de septiembre sea la fiesta nacional de Cataluña. La celebración supone una afrenta histórica y ética, por más que esté sólidamente institucionalizada. El 11 de septiembre solo tiene un sentido acorde con la verdad: fue el día triste y resignado de recoger los cadáveres de los hermanos. El inicio del duelo. También el de la represión inexorable. Catalanes contra catalanes, españoles contra españoles, ese es el paisaje de 1714 y de todas las guerras que vinieron luego. En ninguna de ellas se ha dado el hecho turbia y desdichadamente fantaseado por el nacionalismo: una guerra donde un ejército de españoles luchara contra un ejército de catalanes: unos por anexionarse Cataluña y otros por ejercer su absoluta soberanía. Justo ese momento que expresa el himno nacional de Cataluña, Els Segadors, un himno falsamente tradicional, que se inventó a fines del siglo XIX, y donde el cuelo de esa gente «tan ufana y tan soberbia» de Castilla es rebanado por las hoces catalanas. También en este caso había un alternativa emocionante, arraigada y desdeñada: El Cant de la Senyera, de Juan Maragal y Luis Milet.

Catalanes y españoles nunca han peleado por ser lo que son, levados por un odio xenófobo. En los enfrentamientos españoles, ciudadanos catalanes y ciudadanos castellanos, vascos, han podido matarse por la religión, por los tributos, por la libertad, por el fascismo o por el comunismo. Los españoles han luchado, y a veces con ferocidad y contumacia, para seguir siendo españoles. Es verdad que para seguir siéndolo a su manera. Y es verdad que esa manera podía ser moralmente muy distante. Pero jamás se mataron para dejar de ser españoles. Los hechos son irrevocables: en más de quinientos años de historia compartida jamás hubo una guerra de secesión española. El poeta Jaime Gil de Biedma escribió: «De todas las historias de la Historia/ la más triste sin duda es la de España/ porque termina
mal.» Sus versos han reafirmado a quienes cultivan la resignación: esa visión limitada, rudimentaria, de una España diferente, binaria, crispada, empeñada en su propia destrucción. Pero esta no es la visión de la historia. Ni siquiera el sentido del poema. Gil de Biedma escribe contra la metafísica de la derrota que sirve a los intereses particulares y a la irresponsabilidad general. Habla de una «historia distinta y menos simple». Una historia sin demonios cuyos dueños sean los hombres responsables. Los ciudadanos. Esa es también la historia de España. La gran historia de las reconciliaciones españolas. La historia que acaba bien.

Contemos la historia de España como una suma de puntos de luz, de concordia, de cordialidad, de reconciliación.

1412. La capacidad de compromiso que demuestran los representantes de la Corona de Aragón cuando en Caspe eligen a un castelano, Fernando de Antequera, como sucesor.

1725. La paz de Viena que firman Felipe V y Carlos VI, con su garantía de que «habrá por una y otra parte perpetuo olvido». Perpetuo olvido de los horrores cometidos por ambos bandos. Perpetuo olvido para regresar los combatientes libremente a su patria. Perpetuo olvido para gozar de sus bienes y dignidades «como si absolutamente no hubiese intervenido tal guerra».

1812. El pacto fundacional por el que España se integra en la modernidad política: la Constiución de Cádiz, por y para los españoles de ambos hemisferios. Para que sean elos por primera vez los dueños de la nación y de su historia: tiulares de la soberanía, libres, independientes y nunca más «patrimonio de una famila o persona.»

1839. El abrazo difícil y fraterno que en Vergara pone fin a la primera gran guera entre liberales y carlistas.

1938. El discurso conmovedor que pronuncia Manuel Azaña en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona. Este impresionante discurso de la reconciliación que entonces no fue. En el que aclara que «España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta». En el que advierte que no es aceptable ni posible «una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario» porque siempre quedarán españoles que quieran seguir viviendo juntos. · En el que anticipa que la reconstrucción de España «tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto» y la paz, «una paz española y una paz nacional, una paz de hombres libres (…) para hombres libres.» Y en el que sentencia que «es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guera (…) sacar de la leción y de la musa del escarmiento el mayor bien posible. Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón».

1956. La Declaración, llena de grandeza y de sentido de la historia, en la que el Partido Comunista de España denuncia por primera vez la «artificiosa división de los españoles entre rojos y nacionales». En la que pide «enterar los odios y rencores de la guerra civil». En la que lama a todos los españoles «desde los monárquicos, democristianos y liberales, hasta los republicanos, nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, centristas y socialistas, a proclamar, como un objetivo común a todos, impostergable y posible, la reconciliación nacional».

1978. El éxito colectivo incontestable: la Transición. Entonces los españoles asombraron al mundo por su capacidad para reconciliarse con su pasado y consigo mismos.

En las calles de Barcelona se celebra una guerra civil, pero hoy, aquí, Libres e Iguales quiere conmemorar, quiere reivindicar la España cierta, lúcida, arraigada de la reconciliación. El ser de España ha dado lugar a múltiples cavilaciones. Han participado filósofos, escritores, poetas, y hasta entrenadores de fútbol. Pero echando una ojeada a la producción intelectual es fácil convenir un exceso metafísico. España es, sencillamente, una vinculación. España es una convivencia. Un himno sin letra. Un link. No hay más ni menos España en Covadonga que en la ciudad de Cádiz; en el Finisterre que en Cartagena; en Melilla que en Olot. Ni el Apóstol Santiago ni el Tío Pepe, jerez fino, contienen la españolidad en un grado mayor o menor que la prosa escéptica de José Pla. O que esta música de la Iberia universal que hemos escuchado. El hecho diferencial español es más sencillo y sus palabras claves no son enfáticas. España no es, ni siquiera, contrariando a la España hidalga, una cuestión de honor. España es una voluntad, y ciertamente empecinada, de vivir juntos los distintos. Y lo fue desde el primer día. La unión entre Aragón y Castilla no fue la mera absorción de un reino por el otro. Fue la primera piedra de una compleja arquitectura solidaria que ha durado siglos.

Y hoy todas las culturas españolas se exhiben y se proyectan con una potencia que jamás conocieron. De ahí que el proyecto nacionalista no pueda evitar su identificación con la xenofobia. Porque en el fondo de todas las argumentaciones para la secesión hay una pasión sórdida, que no se dice: la del que no quiere vivir con los demás. Cíclicamente los nacionalistas aluden, en modo defensa y ataque, al nacionalismo español. Pero ¿qué nacionalismo es ese, qué insólito nacionalismo el que aún no ha pronunciado una sola palabra de exclusión, de rechazo, contra sus compatriotas? ¿Qué extraño nacionalismo el que en vez de fábricas de extranjería insiste en la casa común española? Solo hay un nacionalismo español: el que fija, con sus equívocos, con sus torsiones en pos del pacto, con sus jorobas retóricas pero con su emocionante voluntad de integración, la Constitución española de 1978.

La Constitución de 1978 es la paz civil española.No hay convivencia posible fuera de los principios que permiten la integración de izquierdas, derechas, creyentes, ateos, monárquicos, republicanos, castellanos, catalanes… La Constitución consagra a los ciudadanos como titulares de la soberanía. Asegura la libertad y el ejercicio de los derechos.12 Afirma la igualdad ante la ley. Protege el pluralismo lingüístico. Integra las diferencias. Y al hacer todo esto garantiza la convivencia. «Difiere incluso de la diferencia en cada grupo diferenciado», como ha escrito Fernando Savater. La Constitución de 1978 es la paz civil española. Si el nacionalismo arremete contra la Constitución es porque la Constitución garantiza la convivencia de los distintos. Porque les reconcilia, les acerca y les suma. Si el nacionalismo celebra hoy una guerra civil española es porque reniega de los principios que hacen posible la paz civil
española. España no merece ser defendida por ser una de las más antiguas naciones del mundo. La antigüedad no es un valor moral. Ni jurídico ni político. España merece defenderse porque desde 1978 significa libres, significa iguales y significa juntos los distintos. En el proyecto nacionalista la parte cede al todo, pero nunca el todo cede a la parte. El proyecto nacionalista persigue siempre el encuadramiento. A esta hora en las cales de Barcelona desfilan las masas perfectamente encuadradas en una uve. Victoria, dicen. Vergüenza, decimos.

Para desdicha de sus odiadores nacionalistas España no es una voluntad anacrónica. Todo lo contrario: encaja con lo mejor del proyecto moderno. La obstinada voluntad española de vivir juntos los distintos es moderna y políticamente próspera. Y profundamente europea. La idea de la construcción europea se funda sobre el rechazo de algo que le costó a Europa 80 millones de muertos. La idea de que a cada cultura, ¡que es como decir a cada hombre!, debe corresponderle un Estado. España es Europa, desde luego. Lo es por su sistema de ciudades, por sus catedrales, por su geografía. Pero lo es, sobre todo, porque ha integrado en un mismo Estado a los distintos. Por eso hay que lamentar la respuesta general que Europa ha dado al segregacionismo. Es difícil comprender que, ante el reto nacionalista, Europa se haya acogido a la retórica del asunto interno. Asunto interno es una frase peligrosa dicha desde Europa. El que Europa considere el conflicto nacionalista como un asunto interno español supone algo más que un menosprecio a un Estado miembro: supone una traición al propio proyecto europeo. Y decretada por Europa. Nunca la destrucción de un Estado europeo puede ser un asunto exclusivamente catalán o español. La moral de Europa es, justamente, contraria al asunto interno. Europa es Schengen, desde luego. La libre circulación de las personas. Pero ante todo es el fin de las aduanas morales.

Los nacionalistas han considerado siempre que los catalanes eran los únicos que podían discutir y decidir sobre la independencia. ¡Su asunto interno! Ha sido su primer acto de soberanía. Y hasta ahora exitoso. De ese éxito arranca su grotesco monopolio de la palabra libertad y de la palabra democracia. Los nacionalistas exigen su derecho a decidir a sabiendas de que ese supuesto derecho niega el derecho a decidir de todos los españoles. La democracia que conciben es el gobierno de la minoría.

La libertad que reclaman es la que niegan. Sin embargo, han logrado extender la idea de que es justo que los catalanes decidan sobre la suerte de todos los españoles. Y lo más sorprendente es que la idea haya calado entre algunos españoles que no son catalanes. Hay españoles cuya relación con la libertad y con la democracia es compleja. Es decir, acomplejada. Quizá sea en parte resultado de una convivencia demasiado estrecha y prolongada con la dictadura. Y en los más jóvenes, la evidencia de una inaudita culpa heredada. Porque en esta actitud ante el nacionalismo hay resignación, cansancio y acrítica obediencia a la correción política. Y todos esos rasgos son propios de una ciudadanía vacilante y sometida.

De ahí que esta tarde Libres e Iguales lance desde la capital de España una afirmación que es tanto una advertencia como un grito solidario: Sí me importa. Una advertencia a los nacionalistas de que no van a seguir encontrando como aliada la indiferencia española. Y un grito solidario dirigido al gran número de ciudadanos que bajo la presión, como mínimo moral, del nacionalismo están defendiendo en Cataluña la libertad y la igualdad de todos los españoles. Sí me importa. Si nos importan. Sí me importa que España supiera salir de una dictadura cruel sin una nueva guerra civil. Sí me importan la victoria de la democracia sobre el terrorismo nacionalista, y la memoria y la justicia y la dignidad de las
víctimas.

Sí me importa que España haya protagonizado la modernización más espectacular del último medio siglo europeo. Sí me importa que por primera vez en su historia España no forme parte de Europa, sino que sea Europa. Sí me importa que haya una lengua en la que puedan entenderse todos los españoles.
Sí me importa que las lenguas y culturas españolas ya no sean patrimonio de los nacionalistas sino de todos los ciudadanos. Sí me importa la elemental lógica democrática y solidaria que indica que son las personas y no los territorios los que pagan impuestos. Sí me importa que la trama de afectos española sea respetada y protegida. Sí me importa que el secesionismo sea derrotado. Y que después se impongan las cláusulas de los viejos pactos españoles. Sí me importa la ley. Sí me importa que preservemos nuestra mayor conquista: la paz civil española. España es un problema, sí. España es el inevitable problema del que elige la pluralidad y la complejidad. España, una nación vieja, no puede someterse a las nuevas mentiras nacionalistas. Ella también se contó sus mentiras. Pero fue hace mucho tiempo. Sí, España es un problema. Un problema excitante. España es un proyecto inacabado. Es decir, vivo. España es una pequeña Europa y su futuro será el futuro de Europa. Sí me importa.
Este gran reto de la modernidad. Juntos y distintos. Libres e iguales.