Aquí no hay quien viva

mapa-politico-de-espanaLes guste o no a los independentistas, Cataluña es un 5ºB de un edificio. Algunos de los que residen ahí quieren irse y pretenden no pertenecer a la comunidad de vecinos. Quieren hacer un referéndum entre ellos para decidir si siguen en el edificio o se van. Su derecho a decidir, dicen. Pero por mucho que pataleen la decisión no les compete en exclusiva a ellos, como es natural, sino a todo el edificio. Es algo que les intentas explicar, pero que nunca entienden. Hablan de democracia, pero de una democracia sesgada, a medias. Quieren votar entre ellos solos y que el resto de la comunidad asista impávida a su proceso. Han estado durante los últimos treinta años tergiversando la historia del edificio, manipulando a los que allí residen y educando a las nuevas generaciones en el odio al resto de esta nuestra comunidad, mientras que se han aprovechado de las zonas comunes, han utilizado el ascensor o han jugado las competiciones deportivas que se han organizado.

Ahora se comparan con el edificio de enfrente, con el Reino Unido. Lo que no ven es que ese edificio son diferentes escaleras (o porterías) a diferencia del nuestro, en la que una se llama Inglaterra, otra Gales, otra Irlanda y otra Escocia. Las cuatro conforman el Reino Unido, y una de ellas, Escocia, ha votado para no seguir perteneciendo al conjunto. No sé si se me entiende el paralelismo. Ellos son cuatro países reunidos, cuatro escaleras, mientras que nosotros somos una. Ni siquiera el más independentista escocés o catalán permitiría que una de sus viviendas dentro de un mismo edifico decidiera por si misma su independencia, se pongan como se pongan. ¿O es que permitirían que Barcelona votase por independizarse de Cataluña o Glasgow de Escocia, por poner un ejemplo, sin contar con el resto del territorio?

Pero volviendo a nuestro edificio, creo que el 5ºB minusvalora la posibilidad de que el resto de vecinos en una votación les pudieran dar lo que ellos piden, la independencia, o sea. Convivir con unos vecinos así cansa y a muchos el hartazgo les supera, por lo que no sería sorprendente que un número elevado de vecinos del 2ºA o el 3ºD votaran a favor de que se fueran y de que les dejaran en paz. Y dejarles en paz consistiría, claro está, en que los del 5ºB ya no podrían utilizar las zonas comunes, ni usar el ascensor ni jugar las competiciones deportivas que se han organizado; ni siquiera favorecerse de los tratados que el edificio ha firmado con otros edificios, pues ya no pertenecerían a él. Si consiguieran la independencia tendrían que construirse su propia escalera (la de incendios) y entregar las llaves de la portería desde el minuto uno.

Mas esto es algo que, desgraciadamente, ocultan los inquilinos del 5ºB que desean separarse al resto que desean continuar en el edificio llamado España; como también les ocultan que por culpa de sus deseos separatistas durante tantos años han llevado al otrora próspero y moderno 5ºB a la decadencia y al oscurantismo. Y si no lo creen que miren las estadísticas de los índices económicos y comprueben como ese piso que era el primero en la mayoría de ellas ha pasado ahora a un segundo o un tercer plano por culpa de sus gobiernos nacionalistas y sus ansias de independencia. Así que mientras los demás pisos han avanzado, ellos han retrocedido, porque mientras los demás han dedicado todo su tiempo en mejorar cada día, ellos han despilfarrado parte de sus recursos en su paranoia separatista. Allá ellos. En fin.

Discurso de Cayetana Alvarez de Toledo en la Diada de 2014

cayetana-atPor la paz civil
Madrid, 1 de septiembre de 2014

A esta hora, en las calles de Barcelona, miles de personas están conmemorando una guerra civil. Es un raro ejercicio. Su intención no es que el recuerdo sirva a la razón y a la convivencia. Su intención es que la herida permanezca. Hace trescientos años, en el asedio de Barcelona, murieron cerca de veinte mil personas. Ingleses y franceses en el lado borbónico; alemanes y holandeses en el lado austracista. Pero, sobre todo, murieron españoles. Españoles que luchaban en un bando y en otro. Murieron atacando o defendiendo la montaña de Montjuic. También por las cales de la ciudad amurallada. Bajo una luvia de bombas. Cuerpo a cuerpo, español contra español.

El 11 de septiembre empezó a celebrarse a principios del siglo XX. Aunque la conversión de la matanza en fiesta nacional data de la primera ley aprobada en 1980 por el parlamento catalán. No fue una decisión que el entonces presidente Pujol tomara en solitario. Lo apoyaron todos los grupos parlamentarios. Y no hubo un gran debate ciudadano. Algunas personas propusieron, con cierta timidez, la alternativa de San Jorge. El Sant Jordi catalán añade a su origen religioso un amable carácter civil basado en la costumbre, reciente aunque cuajada, del libro y de la rosa. Pero nunca legó a considerarse con seriedad. Se prefirió la evocación de un episodio sangriento a una pacífica consagración de la primavera.

El reproche más extendido que se hizo entonces al 1 de septiembre tuvo un carácter irónico. ¿Cómo era posible que una comunidad política decidiera celebrar su presunta desaparición? ¿Cómo era posible que prefiriera «la desesperación a la esperanza», por utilizar las palabras de Henry Kamen? Celebraban, celebran, la herida. Una herida entre españoles. Su intención era, y es, que la herida permanezca. Ellos lo proclamaron, sin embargo, el día en que Cataluña se rindió ante España y perdió su libertad.

A partir del primer gobierno nacionalista, el mito del 1 de septiembre de 1714 adquiría solemne formalidad institucional. Pero aunque el mito se vista de decreto, mito se queda. Sólo desde la ignorancia o el fanatismo puede presentarse la Guerra de Sucesión como una guerra de España contra
Cataluña. La Guerra de Sucesión fue una guerra dinástica. Una guerra internacional. Y una guerra civil. Una guerra civil entre españoles y una guerra civil entre catalanes. La guerra se libró a lo largo y ancho de España: de Extremadura a Mallorca; de Sevilla a Vigo; de Cádiz a Navarra. Y, por supuesto, en Cataluña, Aragón y Castilla; en Barcelona, Zaragoza y Madrid. La guerra abrió trincheras entre los distintos reinos de la antigua Monarquía. Sí. Pero también las abrió en el interior de cada territorio. Hubo partidarios de Carlos en Castilla y defensores de Felipe en Cataluña. Austracistas en un sito y en otro. Borbónicos aquí y allá. No hubo un candidato catalán y otro español. No hubo un ejército catalán y otro español. Los dos lucharon en nombre del Rey de España. Los dos celebraron sus victorias como victorias para España. Y los dos lograron sus derrotas como derrotas para España. Unas siete mil personas abandonaron Barcelona cuando fue tomada por las tropas del Archiduque en 1705. La ciudad tenía entonces treinta y cinco mil habitantes: los borbónicos no eran una minoría residual.

Hay algunas preguntas que hacerse: El último almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera
y Ponce de León, ¿era menos castellano o un mal castellano por apoyar al archiduque Carlos? Las ciudades de Cervera, Berga, Ripol o Manleu; el vale de Arán, ¿eran menos catalanas que otras ciudades o comarcas de Cataluña por defender a Felipe V? ¿O es que incurrían ciega y colectivamente en el autodio, esa patología inventada por el nacionalismo para decretar la muerte civil del discrepante?

¿Y quiénes eran más catalanes, de una catalanidad más depurada? ¿La nobleza urbana y la burguesía ilustrada, que ensalzaban las reformas introducidas por los Borbones en Francia? ¿O la aristocracia rural, el clero y los comerciantes y artesanos, que las rechazaban por amenazar sus privilegios? No hubo una Cataluña buena y otra malvada. No hubo una sola Cataluña. Hubo tantas como sus ciudades, tantas como sus facciones políticas, económicas y sociales. Tantas como sus habitantes. Tantas. Como ahora.

Esas Cataluñas fluctuaron con el tiempo y por la fuerza de los acontecimientos. Ciudades como Taragona, Lérida y Gerona cambiaron de bando varias veces. Barcelona sólo cambió una vez, pero con consecuencias trágicas. A unos pasos del antiguo mercado del Borne, hoy convertido en monumento a los mitos de 1714, se levanta una marquesina que parece haber escapado a la manipulación nacionalista. Es la última arenga del general Antonio de Villaroel a los hombres que defienden Barcelona del asedio. Dice así:

«Señores, hijos y hermanos: hoy es el día en que se han de
acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha
ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no
somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros
mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy
es el día de morir o vencer.»

El 11 de septiembre de 1714, a las 3 de la tarde, Rafael de Casanova firma el último bando austracista. La ciudad caerá al día siguiente, poco después del mediodía. Casanova pide a los barceloneses que derramen hasta la última gota de sangre.

«Se confía, con todo, que como verdaderos hijos de la patria y amantes de la libertad acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España».

«La libertad de toda España». Por eso decían luchar los unos en 1714. Por eso mismo decían luchar los otros. Tenían conviciones diferentes. Discrepaban en sus intereses. Pero les unía la coincidencia fundamental de España. Y les unió la derrota. La Guerra de Sucesión fue un dramático episodio para España. Perdió teritorios, influencia, tiempo y vidas. No hubo en 1714 dos sujetos políticos ni dos identidades enfrentadas: Cataluña y España. Tampoco las hubo en 1936.

Tampoco las hay ahora. Esta es la verdad que el nacionalismo ha borrado del pasado para que no arruine su presente. El nacionalismo precisa hacer de Cataluña una sociedad unánime, impermeable al pluralismo, identitariamente pura y abocada al enfrentamiento con España. Su empeño es firme. Pero estéril.

A esta hora miles de personas conmemoran en Barcelona una guerra civil. Libres e Iguales repudia que el 11 de septiembre sea la fiesta nacional de Cataluña. La celebración supone una afrenta histórica y ética, por más que esté sólidamente institucionalizada. El 11 de septiembre solo tiene un sentido acorde con la verdad: fue el día triste y resignado de recoger los cadáveres de los hermanos. El inicio del duelo. También el de la represión inexorable. Catalanes contra catalanes, españoles contra españoles, ese es el paisaje de 1714 y de todas las guerras que vinieron luego. En ninguna de ellas se ha dado el hecho turbia y desdichadamente fantaseado por el nacionalismo: una guerra donde un ejército de españoles luchara contra un ejército de catalanes: unos por anexionarse Cataluña y otros por ejercer su absoluta soberanía. Justo ese momento que expresa el himno nacional de Cataluña, Els Segadors, un himno falsamente tradicional, que se inventó a fines del siglo XIX, y donde el cuelo de esa gente «tan ufana y tan soberbia» de Castilla es rebanado por las hoces catalanas. También en este caso había un alternativa emocionante, arraigada y desdeñada: El Cant de la Senyera, de Juan Maragal y Luis Milet.

Catalanes y españoles nunca han peleado por ser lo que son, levados por un odio xenófobo. En los enfrentamientos españoles, ciudadanos catalanes y ciudadanos castellanos, vascos, han podido matarse por la religión, por los tributos, por la libertad, por el fascismo o por el comunismo. Los españoles han luchado, y a veces con ferocidad y contumacia, para seguir siendo españoles. Es verdad que para seguir siéndolo a su manera. Y es verdad que esa manera podía ser moralmente muy distante. Pero jamás se mataron para dejar de ser españoles. Los hechos son irrevocables: en más de quinientos años de historia compartida jamás hubo una guerra de secesión española. El poeta Jaime Gil de Biedma escribió: «De todas las historias de la Historia/ la más triste sin duda es la de España/ porque termina
mal.» Sus versos han reafirmado a quienes cultivan la resignación: esa visión limitada, rudimentaria, de una España diferente, binaria, crispada, empeñada en su propia destrucción. Pero esta no es la visión de la historia. Ni siquiera el sentido del poema. Gil de Biedma escribe contra la metafísica de la derrota que sirve a los intereses particulares y a la irresponsabilidad general. Habla de una «historia distinta y menos simple». Una historia sin demonios cuyos dueños sean los hombres responsables. Los ciudadanos. Esa es también la historia de España. La gran historia de las reconciliaciones españolas. La historia que acaba bien.

Contemos la historia de España como una suma de puntos de luz, de concordia, de cordialidad, de reconciliación.

1412. La capacidad de compromiso que demuestran los representantes de la Corona de Aragón cuando en Caspe eligen a un castelano, Fernando de Antequera, como sucesor.

1725. La paz de Viena que firman Felipe V y Carlos VI, con su garantía de que «habrá por una y otra parte perpetuo olvido». Perpetuo olvido de los horrores cometidos por ambos bandos. Perpetuo olvido para regresar los combatientes libremente a su patria. Perpetuo olvido para gozar de sus bienes y dignidades «como si absolutamente no hubiese intervenido tal guerra».

1812. El pacto fundacional por el que España se integra en la modernidad política: la Constiución de Cádiz, por y para los españoles de ambos hemisferios. Para que sean elos por primera vez los dueños de la nación y de su historia: tiulares de la soberanía, libres, independientes y nunca más «patrimonio de una famila o persona.»

1839. El abrazo difícil y fraterno que en Vergara pone fin a la primera gran guera entre liberales y carlistas.

1938. El discurso conmovedor que pronuncia Manuel Azaña en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona. Este impresionante discurso de la reconciliación que entonces no fue. En el que aclara que «España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta». En el que advierte que no es aceptable ni posible «una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario» porque siempre quedarán españoles que quieran seguir viviendo juntos. · En el que anticipa que la reconstrucción de España «tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto» y la paz, «una paz española y una paz nacional, una paz de hombres libres (…) para hombres libres.» Y en el que sentencia que «es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guera (…) sacar de la leción y de la musa del escarmiento el mayor bien posible. Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón».

1956. La Declaración, llena de grandeza y de sentido de la historia, en la que el Partido Comunista de España denuncia por primera vez la «artificiosa división de los españoles entre rojos y nacionales». En la que pide «enterar los odios y rencores de la guerra civil». En la que lama a todos los españoles «desde los monárquicos, democristianos y liberales, hasta los republicanos, nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, centristas y socialistas, a proclamar, como un objetivo común a todos, impostergable y posible, la reconciliación nacional».

1978. El éxito colectivo incontestable: la Transición. Entonces los españoles asombraron al mundo por su capacidad para reconciliarse con su pasado y consigo mismos.

En las calles de Barcelona se celebra una guerra civil, pero hoy, aquí, Libres e Iguales quiere conmemorar, quiere reivindicar la España cierta, lúcida, arraigada de la reconciliación. El ser de España ha dado lugar a múltiples cavilaciones. Han participado filósofos, escritores, poetas, y hasta entrenadores de fútbol. Pero echando una ojeada a la producción intelectual es fácil convenir un exceso metafísico. España es, sencillamente, una vinculación. España es una convivencia. Un himno sin letra. Un link. No hay más ni menos España en Covadonga que en la ciudad de Cádiz; en el Finisterre que en Cartagena; en Melilla que en Olot. Ni el Apóstol Santiago ni el Tío Pepe, jerez fino, contienen la españolidad en un grado mayor o menor que la prosa escéptica de José Pla. O que esta música de la Iberia universal que hemos escuchado. El hecho diferencial español es más sencillo y sus palabras claves no son enfáticas. España no es, ni siquiera, contrariando a la España hidalga, una cuestión de honor. España es una voluntad, y ciertamente empecinada, de vivir juntos los distintos. Y lo fue desde el primer día. La unión entre Aragón y Castilla no fue la mera absorción de un reino por el otro. Fue la primera piedra de una compleja arquitectura solidaria que ha durado siglos.

Y hoy todas las culturas españolas se exhiben y se proyectan con una potencia que jamás conocieron. De ahí que el proyecto nacionalista no pueda evitar su identificación con la xenofobia. Porque en el fondo de todas las argumentaciones para la secesión hay una pasión sórdida, que no se dice: la del que no quiere vivir con los demás. Cíclicamente los nacionalistas aluden, en modo defensa y ataque, al nacionalismo español. Pero ¿qué nacionalismo es ese, qué insólito nacionalismo el que aún no ha pronunciado una sola palabra de exclusión, de rechazo, contra sus compatriotas? ¿Qué extraño nacionalismo el que en vez de fábricas de extranjería insiste en la casa común española? Solo hay un nacionalismo español: el que fija, con sus equívocos, con sus torsiones en pos del pacto, con sus jorobas retóricas pero con su emocionante voluntad de integración, la Constitución española de 1978.

La Constitución de 1978 es la paz civil española.No hay convivencia posible fuera de los principios que permiten la integración de izquierdas, derechas, creyentes, ateos, monárquicos, republicanos, castellanos, catalanes… La Constitución consagra a los ciudadanos como titulares de la soberanía. Asegura la libertad y el ejercicio de los derechos.12 Afirma la igualdad ante la ley. Protege el pluralismo lingüístico. Integra las diferencias. Y al hacer todo esto garantiza la convivencia. «Difiere incluso de la diferencia en cada grupo diferenciado», como ha escrito Fernando Savater. La Constitución de 1978 es la paz civil española. Si el nacionalismo arremete contra la Constitución es porque la Constitución garantiza la convivencia de los distintos. Porque les reconcilia, les acerca y les suma. Si el nacionalismo celebra hoy una guerra civil española es porque reniega de los principios que hacen posible la paz civil
española. España no merece ser defendida por ser una de las más antiguas naciones del mundo. La antigüedad no es un valor moral. Ni jurídico ni político. España merece defenderse porque desde 1978 significa libres, significa iguales y significa juntos los distintos. En el proyecto nacionalista la parte cede al todo, pero nunca el todo cede a la parte. El proyecto nacionalista persigue siempre el encuadramiento. A esta hora en las cales de Barcelona desfilan las masas perfectamente encuadradas en una uve. Victoria, dicen. Vergüenza, decimos.

Para desdicha de sus odiadores nacionalistas España no es una voluntad anacrónica. Todo lo contrario: encaja con lo mejor del proyecto moderno. La obstinada voluntad española de vivir juntos los distintos es moderna y políticamente próspera. Y profundamente europea. La idea de la construcción europea se funda sobre el rechazo de algo que le costó a Europa 80 millones de muertos. La idea de que a cada cultura, ¡que es como decir a cada hombre!, debe corresponderle un Estado. España es Europa, desde luego. Lo es por su sistema de ciudades, por sus catedrales, por su geografía. Pero lo es, sobre todo, porque ha integrado en un mismo Estado a los distintos. Por eso hay que lamentar la respuesta general que Europa ha dado al segregacionismo. Es difícil comprender que, ante el reto nacionalista, Europa se haya acogido a la retórica del asunto interno. Asunto interno es una frase peligrosa dicha desde Europa. El que Europa considere el conflicto nacionalista como un asunto interno español supone algo más que un menosprecio a un Estado miembro: supone una traición al propio proyecto europeo. Y decretada por Europa. Nunca la destrucción de un Estado europeo puede ser un asunto exclusivamente catalán o español. La moral de Europa es, justamente, contraria al asunto interno. Europa es Schengen, desde luego. La libre circulación de las personas. Pero ante todo es el fin de las aduanas morales.

Los nacionalistas han considerado siempre que los catalanes eran los únicos que podían discutir y decidir sobre la independencia. ¡Su asunto interno! Ha sido su primer acto de soberanía. Y hasta ahora exitoso. De ese éxito arranca su grotesco monopolio de la palabra libertad y de la palabra democracia. Los nacionalistas exigen su derecho a decidir a sabiendas de que ese supuesto derecho niega el derecho a decidir de todos los españoles. La democracia que conciben es el gobierno de la minoría.

La libertad que reclaman es la que niegan. Sin embargo, han logrado extender la idea de que es justo que los catalanes decidan sobre la suerte de todos los españoles. Y lo más sorprendente es que la idea haya calado entre algunos españoles que no son catalanes. Hay españoles cuya relación con la libertad y con la democracia es compleja. Es decir, acomplejada. Quizá sea en parte resultado de una convivencia demasiado estrecha y prolongada con la dictadura. Y en los más jóvenes, la evidencia de una inaudita culpa heredada. Porque en esta actitud ante el nacionalismo hay resignación, cansancio y acrítica obediencia a la correción política. Y todos esos rasgos son propios de una ciudadanía vacilante y sometida.

De ahí que esta tarde Libres e Iguales lance desde la capital de España una afirmación que es tanto una advertencia como un grito solidario: Sí me importa. Una advertencia a los nacionalistas de que no van a seguir encontrando como aliada la indiferencia española. Y un grito solidario dirigido al gran número de ciudadanos que bajo la presión, como mínimo moral, del nacionalismo están defendiendo en Cataluña la libertad y la igualdad de todos los españoles. Sí me importa. Si nos importan. Sí me importa que España supiera salir de una dictadura cruel sin una nueva guerra civil. Sí me importan la victoria de la democracia sobre el terrorismo nacionalista, y la memoria y la justicia y la dignidad de las
víctimas.

Sí me importa que España haya protagonizado la modernización más espectacular del último medio siglo europeo. Sí me importa que por primera vez en su historia España no forme parte de Europa, sino que sea Europa. Sí me importa que haya una lengua en la que puedan entenderse todos los españoles.
Sí me importa que las lenguas y culturas españolas ya no sean patrimonio de los nacionalistas sino de todos los ciudadanos. Sí me importa la elemental lógica democrática y solidaria que indica que son las personas y no los territorios los que pagan impuestos. Sí me importa que la trama de afectos española sea respetada y protegida. Sí me importa que el secesionismo sea derrotado. Y que después se impongan las cláusulas de los viejos pactos españoles. Sí me importa la ley. Sí me importa que preservemos nuestra mayor conquista: la paz civil española. España es un problema, sí. España es el inevitable problema del que elige la pluralidad y la complejidad. España, una nación vieja, no puede someterse a las nuevas mentiras nacionalistas. Ella también se contó sus mentiras. Pero fue hace mucho tiempo. Sí, España es un problema. Un problema excitante. España es un proyecto inacabado. Es decir, vivo. España es una pequeña Europa y su futuro será el futuro de Europa. Sí me importa.
Este gran reto de la modernidad. Juntos y distintos. Libres e iguales.

La desintegración del PP

EL NUEVO PARTIDO DE ORTEGA LARA ASEGURA QUE NO BUSCA DAÑAR AL PPEl PP se deshace como un azucarillo. El nacimiento de VOX con Santiago Abascal y Ortega Lara a la cabeza, y ahora con Alejo Vidal Cuadras como más que probable cabeza de cartel para las próximas elecciones europeas, está suponiendo un problema que se está acrecentando con mayor rapidez que la que los gurús de turno pronosticaban. Faltaba que Mayor Oreja anunciara el mismo día que no concurriría en las listas del PP para que la sensación de caos se haya hecho más intensa.

No hay nadie que yerre más en unas predicciones concretas que un buen sociólogo, un magnífico politólogo, un economista de altura o un periodista con ínfulas. Todos ellos analizan extraordinariamente los hechos pasados e intentan crear magníficos estudios y modelos para adelantarse al futuro, pero en las ciencias sociales es imposible analizar millones de variables y describir con exactitud los acontecimientos que están por venir. La posibilidad del nacimiento de alguna opción que ocupara el hueco dejado por el partido liderado por Mariano Rajoy era más que evidente. A pesar de ello no se desprendía una excesiva preocupación dentro de las huestes “peperas”. Ya he leído por ahí que para algunos gurús a sueldo la irrupción de VOX no le viene del todo mal a los populares porque consigue que el electorado tenga al PP como un partido aún más de centro (sic). Los que más han advertido de la posibilidad del nacimiento de un apéndice del PP han sido precisamente aquellos que no se caracterizan por tenerle una excesiva simpatía a los dirigentes del partido que actualmente gobierna España, por el abandono por parte de estos de unos principios que se le consideraban innatos y que son fundamentales para el futuro de la nación. El desprecio hacia los que llevan la contraria y la táctica de mirar hacia otro lado ha terminado por alcanzar al actual presidente del PP sin remisión y sin espacio para reaccionar a tiempo. Tengo para mí que la atomización del voto no es buena, por mucho que se critique el bipartidismo. La italianización política de España puede ser un desastre. Y la culpa no es más que de Mariano Rajoy –y de Zapatero en el otro lado- por su pasividad en general ante las contrariedades que se le vienen encima. No se puede gobernar a golpe de encuesta, porque, al final, tus mejores activos huyen buscando sus ideales perdidos.

El mayor problema es haber dejado la estrategia política para intentar ganar un espacio electoral, que se supone con un número potencial más amplio de votos, en manos de determinados sociólogos y periodistas lamelibranquios, -que además cobran una herencia por lo que quieres oír-, y haber abandonado las ideas, las que han sido siempre el eje central de tu existencia como partido político, envueltas en papel celofán y castigadas en el rincón de pensar (FAES). Luego pasa lo que pasa, que de tanto centrarte puede darse el caso de terminar colándote por los ojetes del sumidero de la historia política (UCD). Y lo peor de todo es que, se sea simpatizante o no del PP, su posible desmembración sería algo pésimo para España. En fin.

Referéndum. El derecho a decidir de todos los españoles

Instituto Juan de Mariana

Ángel Fernández (Instituto Juan de Mariana) . Hemos analizado en artículos anteriores la involución institucional y la desigualdad ante la ley que han forjado una jaula de hierro en torno a los ciudadanos que se sienten impotentes ante la imposición de políticas intervencionistas por 17 oligarquías autonómicas o, si se prefiere, por 17 élites extractivas regionales en su intento de acaparar el máximo poder político y económico empleando los estatutos y leyes autonómicas, los impuestos y el endeudamiento de las generaciones futuras para guiar la sociedad a favor de utopías que esconden los intereses de la casta política regional.

El nacional-separatismo ha utilizado tácticas totalitarias para el control de la sociedad civil por medio del adoctrinamiento en las escuelas, la universidad y los medios de comunicación. Las oligarquías de élites extractivas autonómicas han jugado con los sentimientos tribales de la población (familia, pueblo, lengua, cultura y territorio) y con el miedo psicológico a la libertad (I) y (II), guiando hacia la fractura social de cada región; separando en vez de uniendo entorno a un futuro común, discriminando y estigmatizando a los ciudadanos, divididos en primera, segunda y tercera categorías en función de su grado de adhesión a los intereses políticos y económicos de la élite extractiva autonómica ([1][2][3][4][5][6]).

Pues bien, ante el actual desafío secesionista, que va consumiendo etapas para intentar desmembrar la convivencia pacífica entre las regiones que conforman España, hay que recordar varios hechos jurídicos irrefutables:

  • La Ley básica en España es la Constitución, que fue ratificada por la inmensa mayoría de españoles el 6 de diciembre de 1978 y que sirve como contrato que debe regular la convivencia pacífica entre todos los españoles.
  • El Artículo 1.2 CE legisla claramente que: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.
  • El Artículo 2 CE determina: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.
  • El Artículo 14 CE legisla que: “Los españoles son iguales ante la Ley sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Dicho lo cual, conviene constatar los graves problemas de convivencia y de crecimiento del tamaño del Estado que ha generado la errónea redacción del Título VIII que permitía la instauración de la organización territorial en Autonomías caracterizada por la corrupción generalizada ([1][2][3][4][5][6]) con hasta 1661 casos por toda la geografía española, la irresponsabilidad presupuestaria ([7][8][9]), la irresponsabilidad tributaria ([10][11]), y los excesos normativos ([12][13]) desde 17 parlamentos autonómicos que desvertebran el poder legislativo y son responsables en gran medida de las más de 100.000 leyes, decretos y normas que se publican cada año en España.

Si hay que construir, ordenar y poner en marcha una gran política nacional basada en los principios constitucionales, sólo hay una opción moral posible que es afrontar el desafío separatista y dar la palabra y el voto a todos los ciudadanos españoles para que decidan en un referéndum cómo solventar el problema de organización territorial de España.

Es decir, la fractura social a la que han conducido el nacional-separatismo de las Autonomías, y la inacción de los gobiernos centrales, sólo puede superarse políticamente por la decisión mayoritaria de todos los españoles. No se requiere un referéndum para jugar al juego de los intereses de la oligarquía independentista y confirmar que Cataluña es una parte fundamental de España; algo que es obvio a lo largo de la historia y que, en aplicación del artículo 1.2, sólo podría decidirse entre todos los españoles que sufragamos con nuestros trabajos, compras e impuestos el presupuesto público de la Generalitat pero que, aplicando el artículo 2 de la Constitución, es legalmente imposible.

Evidentemente, sí se requiere un referéndum sobre las políticas fundamentales para garantizar el crecimiento económico, la cohesión territorial y la convivencia pacífica, de modo que todos los españoles decidan: A) cómo limitar y fijar las competencias autonómicasB)cómo garantizar una financiación equilibrada y responsable y, también, C) cómo exigir elcumplimiento de la Ley por las autoridades y funcionarios autonómicos.

Aplicando elartículo 92 CE, un referéndum que convocase a las urnas a todos los españoles con derecho a voto, podría ser capaz de restablecer la convivencia pacífica e impulsar la normalidad democrática que intentan romper los secesionistas. Es decir, muchos ciudadanos entendemos que sólo un referéndum puede mejorar la legalidad vigente, frenar el nacional-separatismo y hacer prevalecer las reglas de la Ley vigente con el poder de la mayoría del censo electoral de España. Por ejemplo, por medio de las siguientes siete preguntas:

  1. ¿Quiere Ud. que se fijen las competencias de las Comunidades Autónomas en el artículo 148  y que se suprima el apartado 2 del artículo 150 de la Constitución que permite la transferencia o delegación de competencias? (Sí/No)
  1. ¿Quiere Ud. que la educación vuelva a ser una competencia exclusiva del estado central en el artículo 149 de la Constitución, siempre que se garantice el aprendizaje en el idioma vehicular que prefieran los alumnos, tanto en español como en euskera, gallego, catalán o valenciano? (Sí/No)
  1. ¿Quiere Ud. que la sanidad vuelva a ser una competencia exclusiva del estado central en el artículo 149 de la Constitución de modo que se ahorren costes y se garanticen prestaciones de calidad en todo el territorio nacional? (Sí/No)
  1. ¿Quiere Ud. que el artículo 148 explicite en un nuevo apartado que cada Comunidad Autonómica cuente con un Gobierno Autonómico y se supriman los Parlamentos Autonómicos para reducir gastos, disminuir el exceso de legislación, y evitar duplicidades y barreras comerciales en España? (Sí/No)
  1. ¿Quiere Ud. que cada Comunidad Autonómica cuente con sus propios ingresos tributarios con un sistema fiscal equilibrado, aplicable en todas las regiones de España y que permita sufragar los gastos de la administración y el gobierno autonómicos? (Sí/No)
  1. ¿Quiere Ud. que se apliquen cupos fiscales en el País Vasco y en Navarra? (Sí/No)
  1. ¿Quiere Ud. que se aplique el artículo 155 de la Constitución para que puedan ser destituidas y, en su caso, procesadas penalmente aquellas autoridades y/o aquellos funcionarios de una Comunidad Autónoma que no cumplan las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan? (Sí/No)

Un Estado de Derecho, digno de tal nombre, no puede mantenerse impasible y tolerar el incumplimiento de la Constitución, las leyes y las sentencias de los tribunales por parte de las Comunidades Autonómicas. Y una democracia parlamentaria no debe permitir un desafío secesionista que intenta imponerse a la mayoría de los ciudadanos por unas oligarquías regionales, ávidas de más poder, más corrupción y más control sobre la población.

Por un lado, el Gobierno no ha recibido el mandato del pueblo para doblegar la soberanía nacional ante los deseos del secesionismo, por más que insista la propaganda de los partidos nacional-separatistas de Cataluña o del País Vasco. Si el Gobierno accediese a las pretensiones secesionistas, se estaría infringiendo la legalidad vigente, dado que no está contemplado en la Constitución, que es la Ley básica que establece el marco jurídico e institucional válido en España.

Por otro lado, un Gobierno de España no debería tolerar por más tiempo que exista desamparo de los ciudadanos en municipios y regiones, donde son discriminados por no someterse a los deseos de la oligarquía de élites extractivas nacional-separatistas.

Contestando a las siete preguntas anteriores, por medio de la soberanía nacional de la mayoría de todos los españoles, se dotaría de certidumbre al ordenamiento jurídico y se renovaría la validez de la Constitución Española de 1978 para las próximas generaciones. Un Gobierno con mayoría absoluta sería capaz de sacar adelante los cambios normativos, aplicando el artículo 167 de la Constitución.

En definitiva, son todos y cada uno de los ciudadanos de España los que deben decidir sobre el futuro de la nación más antigua de Europa y las oligarquías no deben imponer políticas de hechos consumados con sus negociaciones entre bambalinas, su corrupción, su hipocresía, su inmoralidad y el miedo acérrimo que sienten a que sean los propios ciudadanos los que decidan; porque es en ellos donde reside la soberanía nacional, según el artículo 1.2 de la Constitución.

 

El sistema de capitalización en la Seguridad Social

“La lección final es que las únicas revoluciones con éxito son aquellas que confían en el individuo y en las maravillas que el individuo puede hacer cuando es libre” (José Piñera)

El sistema de pensiones de reparto, que es el modelo que en España sufrimos, no sólo se dirige hacia la bancarrota en nuestro país, sino que lo hace en todos los demás en los que está implantado. El creador de este sistema fue el llamado “Canciller de Hierro”, Otto von Bismark (1815-1898), quien a partir de 1891 instauró este sistema restrictivo en Prusia. Fue todo un éxito para el Estado porque la edad a la que tenía derecho a recibir una pensión se situaba en los 65 años, cuando la esperanza de vida en aquella época no pasaba de los 45. Un prodigio de incipiente manipulación y engaño.

José Piñera, con la colaboración de Alejandro Weinstein, publicó el 18 de julio de 1996 en el Cato Institute un estudio llamado: Una propuesta de reforma del sistema de pensiones en España”. Piñera era el Ministro de Trabajo y Previsión Social en Chile en 1981, cuando en ese país se pasó de un sistema de reparto a otro de capitalización, siendo un ejemplo y un espejo donde mirarse para muchos otros países que posteriormente lo han ido implementando con éxito.

En dicho estudio, que se realizó un año después de la firma del Pacto de Toledo, se criticaba las medidas que en él se recogían porque alargaban en el tiempo la bancarrota de la Seguridad Social pero no la solucionaban; nos daba, además, la solución para instaurar un sistema de capitalización de las cotizaciones, explicándonos cómo se podría llevar a cabo en España.

Lo que no se recoge en su ensayo, porque le parecería inimaginable, supongo, es que la mayoría de esas medidas que aparecían en el famoso acuerdo y que firmaron todas las fuerzas políticas, los empresarios y los sindicatos, no se hayan llevado a cabo quince años después. Sus cálculos del sistema de reparto, a buen seguro, hubieran sido mucho más aciagos. Por ejemplo, la necesidad de prolongar la edad de jubilación que se mantenía en los 65 años desde comienzos del siglo XX, ya aparecía reflejada en el acuerdo de 1995, por lo que la propuesta del gobierno de subir la edad a los 67 años no es algo nuevo. José Luis Rodríguez Zapatero no está teniendo más remedio durante estas semanas que hacer como que está dispuesto a emprender las reformas económicas pendientes que a lo largo de su mandato se ha negado a abordar. La Unión Europea y el sistema financiero internacional no se traga más promesas del Reino de España de que es capaz de controlar su déficit público y de que tiene la necesaria capacidad para salir de la crisis.

La propuesta de reforma de pensiones en España que hizo José Piñera en 1996 se basaba en un tránsito paulatino a un sistema de capitalización individual que elevaría las pensiones, incrementaría el empleo, aumentaría el ahorro, mejoraría la productividad del capital, potenciaría la tasa de crecimiento del PIB, reduciría el poder del Estado en la economía, despolitizaría el sistema de pensiones, estimularía una cultura laboral de ahorro, disciplinaría la gestión económica nacional y además de todo esto, sería posible implantarlo en España.

El motivo por el que ningún partido político se atreve siquiera a plantearlo es por la oposición radical de los sindicatos a cualquier cambio en nuestro sistema de pensiones. Y es que los sindicatos se han convertido en el colectivo más obtuso, arcaico, retrógrado y reaccionario que existe en nuestro país. Están impidiendo con su actitud desde hace muchos años -junto a la cobardía del socialismo que es incapaz de enfrentarse a ellos, por supuesto- cualquier pequeña posibilidad de salir a corto plazo de la crisis en la que estamos sumergidos.

Yo les invito a ellos y a todos ustedes a leerse tanto el artículo antes enlazado como “La revolución de las pensiones en Chile”, otro ensayo del mismo autor en el que describe brevemente la triunfante experiencia chilena después de dieciocho años conviviendo con un sistema de capitalización de pensiones. En fin.

Coda: 

Este artículo lo publiqué en mi anterior blog del diario La Opinión de Murcia el 06 de febrero de 2.010. Posteriormente fue recogido en el libro “Sendas liberales” (Ed.Biblioteca Nueva, Madrid, 2011),  junto a una selección de artículos de los miembros de Ciudadanos para el progreso. Lo he vuelto a traer aquí porque, por esas cosas de Internet, el enlace ha desaparecido, además de estar de nuevo de actualidad, si es que el tema de las pensiones lo ha dejado alguna vez de estar.  

La organización de la política y la Revolución Tecnológica

He oído a mi admirado Alejo Vidal Cuadras en una tertulia de radio manteniendo que el principio de descentralización de la administración y de la estructura del Estado para ganar en eficiencia es un mantra que nadie discute. Falso. Yo lo hago. Desde hace tiempo vengo sosteniendo que ciertos principios que son defendidos tanto por liberales como por socialistas acérrimos no tienen en cuenta la revolución tecnológica que estamos viviendo durante estos años. Las grandes revoluciones a lo largo de la historia, y tomando la Revolución Industrial como paradigma, son el reactivo de grandes cambios políticos y económicos que tan sólo se pueden interrelacionar con el paso de los años. Dentro de un siglo, cuando se estudie esta época que nos ha tocado vivir, se verá de una forma más clara la relación entre los pasos agigantados de la ciencia y la tecnología que estamos disfrutando y los desajustes políticos y económicos que estamos padeciendo.

La Política y las ideas son estáticas y en la mayoría historicistas, al contrario que el progreso de la ciencia y la tecnología que es dinámico. Lo digo porque, y por ejemplo, la organización de la estructura política de España sigue siendo básicamente la del siglo XIX, cuando los avances en materia de transportes, de medios de comunicación, de la tecnología informática, han acercado los territorios y a los individuos tanto, que a veces estamos a un simple toque del ratón del ordenador. Que los socialistas, reaccionarios ellos, y los nacionalistas, reductos del pasado que se resisten a ser engullidos por la Historia, no lo vean, no me preocupa. Sí, por el contrario, que la inmensa mayoría de liberales no se estén dando cuenta que una forma de reducir el tamaño elefantiásico del Estado no pasa por la descentralización, sino por todo lo contrario. La cultura tiende a igualarse gracias a los diferentes medios de comunicación (televisión, radio, etc…), cualquiera se puede acercar a la capital de España en unas pocas horas, la mayoría de gestiones administrativas se pueden hacer desde un ordenador personal… ¿Tiene sentido la misma estructura de hace treinta años? Es más, ¿tiene la de diez?

Es cierto que esto es una materia mucho más profunda, que ni estoy capacitado para desarrollar ni tengo el tiempo suficiente. Sería algo para mis inquietos y brillantes liberales (austriacos incluidos, defensores del derecho de autodeterminación) que tanto leo, tan dados a discutir sobre cualquier tema con el afán de preguntarse por todo y que no dan nada por sentado. Por esto creo que tiene que haber estudios y críticas sobre este tema. Estaré atento por si encuentro algo. En fin.

Foto: División territorial de España 1822 (Wikipedia)

La exitosa indolencia

El órdago le ha salido bien a Rajoy. El acuerdo de la reunión de la Cumbre de la Unión Europea se cerró a las 5 de la madrugada. Los teutones y los nórdicos se descolocan a partir de las 2, como todo el mundo sabe. O están beodos o en su séptimo sueño. Al contrario que los latinos,  que estamos habituados a realizar nuestras mejores faenas a partir de esa hora. Rajoy y Monti han cosechado un excelente resultado para los intereses de España e Italia. Aznar ya lo consiguió hace unos años a esas horas intempestivas. Al contrario que Zapatero, que no llegaba, la criatura. Le entraba sueño o se aburría como una ostra.

Y es que cada vez me recuerda más Rajoy a Vicente del Bosque. Será por su exitosa indolencia. Está claro que el cambio más radical que se ha notado con el nuevo Gobierno ha sido con la política exterior. Y por ese camino debe seguir Rajoy. Pero el partido no está ni mucho menos ganado. Esto ha sido tan solo un tanto en el dificilísimo partido que estamos jugando. Ahora debería emprender las auténticas reformas que tanto fuera de España como dentro estamos esperando: la reforma de la estructura de la administración del Estado, que no espera ni un minuto más. La estrategia con en este asunto dada su mayoría absoluta debe dar un giro radical. Es la única manera de que al final de este partido el resultado se decante a nuestro favor. A lo mejor está esperando, otra vez, a la prórroga o a los penaltis como el Marqués. Qué manía les ha entrado a todos estos con tenernos con el corazón fuera del pecho. Pero bueno, si al final sirve para salir adelante, bienvenida sea la angina en el ídem. Yo ya tengo preparada la cafenitrina. En fin.